lunes, 5 de enero de 2015

El Alma del Gladiador Capítulo 16

Capítulo anterior: El Alma del Gladiador Capítulo 15 

Como de costumbre el autor de esta historia es tan irregular e impredecible como sus historias, jaja... A tod@s los que las seguís un saludo, un abrazo muy fuerte desde el corazón de un mero escritor aficionado.

<<Tantos años han pasado... desde que somos amigos, ella y yo. Los primeros de ellos fueron los mejores, los más dulces. Ahora, a pesar de mi corta edad, los días pasan volando mientras espío su deslumbrante sonrisa.>>

Estaba pasando algo. Desde hacía varios días Hime no había aparecido en el colegio. Ni la había visto salir de su casa en esa dirección; lo más que hizo fue ir a buscar recados. Ni que decir tiene que, en un curso acelerado de semejante calibre, no hacía ningún bien a los alumnos faltar a clases. Debía enterarme de lo que estaba pasando... Debía hacerlo, pero no quería hablar con ella. ¿Y si me odiaba? ¿Y si no me odiaba y el subsiguiente silencio me desgarraba el alma? ¿Acaso podría soportarlo...?

Estaba navegando por Internet, pensativo. Me dio por visitar la web del banco donde mis padres me ingresaban la paga.
No había paga. No este mes, y no el anterior. ¿Y si...? Algo fatídico comenzó a dibujarse difuminado en mi mente. Algo horrendo.
Olvidando todo lo demás por un momento, tomé el teléfono y llamé a mis padres. <<El número que ha marcado no existe...
… …
bip, bip, bip...>>
Respirando muy hondo volví a llamar. Otra vez. Y otra. Marqué las malditas cifras hasta que mi mente rozaba el colapso.
Claro. El dinero para los estudios de Hime. Ya no está. Y no me lo va a pedir. No me lo habría pedido nunca, pero además ahora ya es imposible.

Es curioso cómo las personas mantenemos la calma en algunas situaciones límite. 'Sangre fría' o como quiera que se llame, me asustaba en la misma medida en que me alejaba de ser un ser humano. Pero en aquel momento ni lo pensé.
Lo primero que hice fue llamar al mayordomo. Le expliqué lo que ocurría y que le estaba sumamente agradecido por sus servicios. Le pagué una suma (no muy boyante, que digamos) por su lealtad. “Muchas gracias, me has servido bien, si alguna vez necesitas un favor no dudes en llamarme...”

Con esto, finalmente mi casa se había quedado vacía. El aire se enrarecía en la mansión sin vida. Por los pasillos y estancias pululaban quejumbrosos los recuerdos de una vida que en otro momento fue feliz. Los gritos de Hime, sus expresiones, sus travesuras... La triste memoria de su belleza (que en mis ojos despuntaba) era como una pintura vieja y estropeada en todas las paredes de la casa.

Sabía lo que debía hacer. Tenía el número de cuenta de mis padres, de donde se pagaba mensualmente el curso de Hime. Fui al banco y ordené que se enviara dinero a aquella cuenta desde la mía.

Pasaron algunos días y la chica comenzó a ir a clase de nuevo. Me sentía bastante aliviado. Pero, por otra parte, ya no tenía ingresos. Si quería que Hime pudiera seguir estudiando en el curso acelerado, necesitaba conseguir dinero de alguna forma.

Debía seguir entrenando. Aquello era lo principal. Llegando a mi cita con Ulises, con mi cabeza dando vueltas como un tiovivo, varias cosas extrañas y distorsionadas pasaron por ella.

Mi maestro me saludó efusivamente, como siempre. El entrenamiento comenzó una vez más. Mis sentidos y todas mis cualidades básicas se habían aguzado. Algunos días era una auténtica paliza, porque, según Ulises, 'un cuerpo fuerte es la base para todo'.
En ocasiones su mirada se volvía melancólica y contaba algunas cosas de su pasado. Cómo luchaba en la arena, cómo era la vida de un 'gladiador'... No sonaba nada agradable, más bien parecían peleas de perros.
Ese día despertaba un especial interés en mí.
“Y... ¿ganabas dinero?”
“Claro... La gente apostaba por los luchadores, y si ganabas te llevabas una parte. Si perdías, eso sí, sólo te llevabas una buena somanta...”

<<Se gana dinero>>. Esas palabras se esculpieron profundo en mi mente, por alguna razón que es evidente pero que entonces no podía pensar.
También me contaba cosas muy trágicas de los gladiadores. Cómo algunos morían en la arena, cómo otros se quedaban inútiles, sonados, paralíticos, mancos o cojos... Era una auténtica carnicería. A nadie se le ocurriría ir allí. Pero... <<se gana dinero>>. El eco resonaría sin fin en mi mente.

Mi vida y la de Hime volvieron a su normalidad (en mi caso, al menos una 'triste normalidad'). Seguirla a todas partes era mi obsesión y pasatiempo. Ese día estaba bastante nublado. Ella volvía del colegio con su habitual belleza. Pero, extrañamente, no la seguían los moscones de costumbre, posiblemente debido al mal tiempo. Sin perder su coquetería ella miraba su espejo a cada rato, y se retocaba. El hecho de que una chica tan bella e inocente como ella anduviera por las calles en un día tan oscuro se me antojaba más bien peligroso, si yo no estuviera por allí.

Pasó junto a unas máquinas expendedoras, y se tropezó con un chico que estaba comprando bebidas. '¿Se tropezó?' Más bien fue una clara zancadilla, desde mi privilegiado punto de vista.

Se cayó al suelo y dañó las medias, y una de sus rodillas sangraba ligeramente.
“¡Ay! Podrías mirar lo que haces, ¿no?” ¡Me has hecho daño!”
“Ah... lo siento...” Esa era mi Hime, ahí disculpándose y siendo tan amable como siempre. Era para estar orgulloso de ella.

“¿Qué ha pasado?” Otros tres chavales aparecieron de detrás de las máquinas. ¿Era aquello una emboscada? ¿Acaso serían conocidos de los matones de hace años? ¿O simplemente sería que su belleza era pecado y no lo podían soportar?
La cogieron violentamente de la muñeca y la levantaron: “Te vamos a enseñar modales, chica...”

<<Estoy preparado. No hay problema. Yo vivo para esto.>> Me puse un pasamontañas negro que añadido a la ropa oscura que solía llevar se convertía todo un uniforme de camuflaje. No quería ser reconocido. No por ellos, sino por Hime. No quería que supiera nada de lo que yo estaba haciendo. Si se enterase, no sabía ni cómo reaccionaría...

No medié palabra con nadie. Golpe. Llave. Otro golpe. En un momento todos estaban maltrechos y en el suelo. Sólo abrí la boca para decir:
“Si os acercáis a ella de nuevo, os mato.” A continuación cogí su mano, que había sido tratada sin ningún cuidado. Parecía estar bien. Suspiré con alivio, la cogí de ella y la ayudé a levantarse.

“Gracias, me has salvado. ¿Quién eres?” Dijo ella. Su voz, que hacía mucho no oía desde tan cerca, taladró mi pecho de lado a lado entre latidos desordenados. El cálido tacto de su mano, que había cogido por impulso, sólo hizo que empeorara la situación. Una parte de mí quería ir con ella, abrazarla y decirle “te quiero, quédate siempre conmigo...” pero mi mente fría no me traicionó y mientras algo se me desgarraba por dentro, solté su mano sin emitir sonido alguno y me marché corriendo, doblando la primera esquina para que no pudiera seguirme.

No sabía si estaba más triste de lo normal... había probado la miel con estos labios impuros, de nuevo. Pero bueno, al menos la había salvado. Una extraña inquietud me rondaba por la mente... En medio de la pelea pude sentir una presencia, como si alguien me estuviera observando desde las sombras. No puedo decir que le vi directamente, pero sabía que alguien había allí.

Mis sospechas más paranoicas se habían confirmado, alguien la acechaba en cada esquina para atacarla... De algún modo tuve un ligero alivio. <<Parece que estoy haciendo lo correcto...>> Y a la vez me sentí miserable, porque mi alivio provenía del sufrimiento de Hime. Así es. Me había convertido en un ser que mendigaba auto-justificación del mundo que lo rodeaba... Un ser para el que el fin justificaba los medios.

En cuanto a mi vida escolar, era algo mejor que antes ya que nadie se metía conmigo. Más bien todo el mundo me ignoraba, por lo que la calificaría de 'prácticamente inexistente'. Cuanto menos llamara la atención, mucho mejor para mí.

El día siguiente, a la hora de volver a casa, encontré algo en mi taquilla. Era una carta... Por afuera no tenía nada escrito, de modo que simplemente la saqué del sobre para leerla:
<<Te estoy observando.>> Era lo único que ponía. Parecía una carta de amenaza. Tuve un deja vu. Pero, si ese alguien me observaba a mí, posiblemente también observaba a Hime... ¿Era un chantaje? Pero no había pedido nada... Tal vez ese alguien me lo pediría más tarde. O tal vez sólo quería venganza. En cualquier caso, a lo largo de los años me había buscado demasiados enemigos. Si fuera alguno de ellos, o de sus aliados... Había estado tanto tiempo alejado de ella, precisamente para evitar esto...
Estando junto a ella tan solo la pondría en peligro. Pero el evento de aquel día y aquella carta abrieron mis ojos: <<Van a usarla a ella para resarcirse.>> Desde el primer momento no hubo salida. Tan solo mi mente idealista estaba dibujando un escenario donde todo sería 'perfecto' (por supuesto en un sentido absurdo de la palabra ^^U). Todos aquellos que acechaban atacarían mi punto débil. Ése es... <<mi Hime>>. Por eso la habían atacado, y volverían a hacerlo. De algún modo no podía estar seguro al 100% si la estaba ayudando con mi conducta o simplemente buscándole más problemas.

Entonces comprendí que no podría protegerla siempre. No, a menos que... <<esté con ella todo el tiempo.>> Pero, ¿cómo iba a hacer tal cosa? En aquel momento estábamos tan distanciados que la idea me parecía tan fuera de contexto como aterradora.

Al llegar a casa (después de 'perseguir a Hime', como de costumbre) una extraña ansiedad me impulsó a abrir el buzón. Allí había lo normal, algunas cartas de facturas y cosas similares. Las cogí todas a la vez con indiferencia, cuando... 'plock', algo cayó al suelo de entre ellas. Con curiosidad me agaché y lo recogí. Parecía ser una tarjeta de algún local de alterne. En una de las caras estaba dibujado un mapa de un área de la ciudad, y una cruz a bolígrafo marcaba algún punto en él.
En la otra cara: <<Pregunta por Atenea>>, escrito a mano, con letra rápida y casual.


¿Qué significaba aquello? ¿Podía ser parte del chantaje que empezó en mi taquilla? No era que estuvieran pidiendo nada directamente, pero sentí que debía ir allí y averiguar qué quería aquella gente.

Sin dudarlo un momento partí hacia allá. Viendo el pequeño mapa intenté aproximarme lo más posible a donde se supone que debía estar la cruz (o lo que fuera que representaba). En un punto aproximado había una pequeña tienda de antigüedades. En el viejo escaparate, bajo tenue luz posaban figuras de personajes mitológicos. <<Atenea>> era una diosa griega. Podía ser allí.

Entré en silencio, la puerta no hacía ni un solo sonido. Ni campanas, ni timbres, ni chirridos. Casi sentía como si me estuviera colando a escondidas en el lugar. La decoración era tan mitológica (o más) que la que se veía desde afuera. En un desgastado mostrador se encontraba un anciano. Tenía barba, como si fuera uno de esos ermitaños de las montañas. Una larga barba blanca. Estaba arrugado, y parecía concentrado en algo que tenía bajo el mostrador.

Me aproximé un poco y mis ojos llegaron a vislumbrar sus manos tallando una figura de madera. Parecía un personaje mitológico, lo que me hizo pensar que tal vez sabía de dónde habían salido los demás. Ahora, más que una tienda de antigüedades, se me antojaba como una de artesanía.

“Buenas tardes...” dije, “busco a Atenea”. El anciano levantó la mirada. Sus ojos parecían penetrantes como puntas de lanza.
“Ya veo... ¿Y quién la busca?”
“...”
“...”
“Kotaro...”

Sin dejar de observarme atentamente con una cara como 'de póquer' metió la mano bajo el mostrador. E impasible como una estatua, siguió con su 'estudio' de mí, hasta que pasados unos segundos se abrió una especie de trampilla detrás del mueble, sin apenas hacer un sonido.
“Ya lo ves. Puedes bajar por ahí...” El rostro inmutable había cambiado a una sonrisa entre maléfica y burlona. “Que te vaya bien, chico.”
Ya había llegado hasta allí, de modo que sin dudarlo mucho fui a la trampilla y comencé a bajar escaleras.

A nadie se le ocurriría ir allí. A nadie... que no tuviera que velar por el futuro de la princesa de los girasoles.

Creative Commons License
El Alma del Gladiador by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 15 de junio de 2014

El Alma del Gladiador Capítulo 15



Salí del hospital, y fui caminando con los ojos vacíos, como sin vida, por la calle. Parecía un zombie rumbo a mi casa. Estaba tan solo... las lágrimas luchaban por salir de mis sucios ojos, y un nudo en mi pecho parecía retenerlas.Tan solo... A pesar de las carantoñas de los últimos días, cada vez me sentía más lejos de Hime. Ella era como una diosa, bella y brillante en su púlpito. Y yo el peor de sus fanáticos,  con mis manos manchadas y mi corazón corrompido. Al menos había logrado vengarla, y de seguro los matones no volverían al colegio en un largo tiempo. Finalmente había encontrado mi paradoja: Debía permanecer cerca de ella para cuidar de ella, pero lejos para no ensuciarla.

En mi mente brillaba un símbolo de 'compromiso'; se lo había prometido a Ulises: Una vez terminada la refriega de los matones debería seguir con el entrenamiento, desde cero. Me entregaría a la disciplina para honrar la deuda que tenía con Ulises, que con su 'entrenamiento acelerado' hizo que fuese capaz de lograr mi objetivo. Y para ser más fuerte, tanto como para evitar que nada malo volviera a sucederle a ella jamás.
<<Aunque esté solo...>>
<<...>>

<<...>>
<<... es cierto. Está Ulises. Él podrá comprender por lo que estoy pasando; después de todo, es alguien que ha luchado mucho. Y parece haber pasado por mucho en la vida...>>

Giré de pronto en mi trayectoria, como un muñeco de cuerda. Me dirigí al lugar habitual de entrenamiento. No sabía si él estaría allí, pero igualmente caminé hacia el lugar.
Llegando a la campa...
Allí estaba, sentado, tallando algo en madera, con una navaja. Era poco antes del anochecer.

“¡Hola!”

“¿Aún sigues vivo...?”

“Qué bromista, ¿no?”

“Y bueno... ¿qué tal fue?”

“...”

Hice una profunda reverencia:

“¡Gracias, maestro! ¡Lo conseguí!”

“¿Maestro...? Jajaja...”

Era la primera vez que lo llamaba así.

“Vamos, vamos, no son necesarias tantas formalidades... De cualquier manera, podrías haber sido mucho más efectivo y cauteloso, pero... digamos que para ser un completo novato no lo hiciste mal...”

“¿Eh? ¿Cómo...? ¿Acaso me vio...?”

“¿Acaso pensaste que no te vería?”

Encogí los hombros con una mueca de 'y yo qué sé'.

 “Y... qué tal te sientes después de la refriega...?”

Como si pudiera ver a través de mí, su mirada me decía que sabía lo que me pasaba.

“Bueno...”

“¿Bueno? Suéltalo, chico, no hagas que me impaciente o será peor...”

“Es... es un poco como...” me estaba poniendo colorado, me daba vergüenza decirlo.

“... como que me he manchado.”

“... ¿que te has manchado...? Mira, chico, estoy aquí para ayudarte, así que no te dé corte decirme lo que sea, al menos a mí. Si no lo explicas mejor, no voy a poder entenderte.”

“¡Maldita sea! Yo me he convertido en un matón, como ellos, mientras mi Hime sigue siendo pura... Siento que no la merezco, que me he corrompido y ya no seré nunca más digno de ella. Igual te parece una tontería...”
“Para nada, no es ninguna tontería. Puedo comprenderte perfectamente, es algo inevitable, que yo he sentido muchas veces, más de las que puedes imaginar.”

“Y entonces... ¿cuál es la solución?”

“¿Solución? Chico, yo te advertí...” miró mi rostro y dejó de ir por ese camino: “lo que sea, ya no tiene remedio. Sentirte alejado de tus seres queridos, de todo aquello que amas, es inevitable.”

“Pero, entonces, yo... Hime...-” Me cortó en seco con lo siguiente que dijo:

“Lucha por ello. Si vas a luchar, lucha para proteger aquello que amas. Aún si se aleja de tí, aún si no lo mereces, aún si sudas sangre y sólo sientes dolor, nunca -y digo nunca- pierdas la fe. Si estás determinado a andar el camino, ándalo hasta el final. Hazte fuerte, ama más y protege con más fuerza lo que amas. Ésta es la senda del luchador. Éste es el destino que has elegido.”
Me quedé boquiabierto. El concepto que en mi mente tenía de Ulises había dado un vuelco completo. Desde lo del perro lo tenía como un desalmado, un ser frío y sin corazón... pero ahora empezaba a comprender que él había pasado por mucho, realmente por muchas más cosas y seguramente peores de lo que hubiera podido imaginar. Que yo, a mi corta edad, aún no podía concebir cómo alguien sufriría tanto para pensar como Ulises.
Lo siguiente fue atesorar bajo llave el consejo que me acababa de dar. La seriedad con la que lo dijo sugería que así debía hacerlo. Es fácil escribir esto ahora, pero en aquel entonces sentí por primera vez la amarga confirmación de que estaba solo en el mundo, y que sólo Ulises podría comprenderme de entonces en adelante.
La profunda angustia se arremolinaba en mi pecho, enfrentada con la luz de esperanza que mi maestro emanaba.

<<Él es tan... fuerte...>> Como una roca que aguanta los embistes de las olas, como el núcleo duro de mineral que aguanta la erosión del viento durante siglos. Así era Ulises.

Caí postrado frente a él, abrumado por su grandeza y su fuerza, comprendiendo mi insignificancia ante sus ojos.

<<Y aún así... aún así decidió entrenarme...>>

Y así, como merecía aquel caballero sin título, le juré lealtad:

“Lo prometido es deuda. A partir de ahora, daré todo de mí en el entrenamiento. No más quejas, no más caras largas. Obedeceré lo que mandes. A cambio, conviérteme en alguien tan fuerte como tú.”
Sonrió con aire benevolente: “¿Como yo...? Yo no soy fuerte, Kota; si yo te contara...”

Cambió de actitud y me acarició la cabeza: “Ok, mañana empieza tu entrenamiento de verdad. Hasta entonces, come algo e intenta descansar todo lo posible.”
Asentí y me despedí. Caminé hacia mi casa parcialmente relajado por sus palabras, y parcialmente ilusionado. No había lugar para la desesperación en mi vida. Después de todo, tenía que hacerme tan fuerte como él. Y mi Hime existía, Sí, eso era lo único que yo le pedía. Que existiera. Y además, cada día estaba mejor. En realidad, todo en la vida cambia tanto según desde dónde lo mires... es algo que, aún hoy, como siempre, todos tenemos que aprender.

Una idea estúpida me asaltó en el trayecto. Imaginé a Hime siendo mi maestra, y al maestro siendo Hime...

“Jajajaja...” No pude evitar reírme en voz alta. Si alguien me viera podría pensar que estaba loco, pero, ¿a quién le importa eso? Después de todo lo que había ocurrido todavía era capaz de reír.
En los días venideros comencé desde el principio mismo el 'entrenamiento sensitivo', a la par de todo tipo de ejercicios y juegos que Ulises me hacía hacer para fortalecer mi cuerpo y aguzar los reflejos. Enseguida Hime recibió el alta médica del hospital, y pudo volver a casa. Por suerte tenía un nivel alto en los estudios, y aún en el curso acelerado pudo mantenerse a flote gracias a apuntes y deberes que un compañero le estuvo trayendo. Era una suerte que se hubiera adaptado, al menos un poco, a tratar con los otros chavales de la clase. Porque antes había estado tan marginada como yo...

Podía percibir que algo había cambiado en mí tras el asalto a los matones, y de algún modo ella también empezó a notarlo tras recuperarse. Ahora que no tenía que ir al hospital a visitarla, sentía una especie de barrera entre nosotros, como si yo, de algún modo, estuviera intentando poner límites a nuestra intimidad. Sin duda alguna, eso parecía ser aquello de lo que me había hablado Ulises. Todos los días la acompañaba al ir y al salir de clase… pero no como antes. La seguía como un espía, cuidando de que llegara sana y salva al colegio, y a su casa. No hablar con ella era muy duro para mí, pero el remordimiento no me dejaba mirarle a los ojos. Ahora era un matón más. No; era mucho peor que ellos, me estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso que aquellos matones. Ella, que era pura y cristalina como un manantial de montaña, sólo sería ensuciada por mí. Paradójicamente, poco a poco era capaz de velar por ella y protegerla. Si algún matón intentara vengarse, si alguien quisiera hacerle algo… yo estaría allí para evitarlo.

En cuanto salió del hospital, en seguida comenzó a venir por las mañanas a buscarme a casa, para ir al colegio; pero mi mayordomo le diría que me había marchado pronto, mientras yo me escondía silenciosamente en mi casa, como un cobarde.

Y los fines de semana, tan sólo me iba a entrenar. Aquello me ayudaba a olvidar el dolor… la vergüenza que sentía en mi interior, porque la estaba dejando abandonada. La evitaba tanto que ya no sabía si podía considerarme su amigo. Pero no podía verla; no… El sólo pensar en ello creaba un remolino de emociones contradictorias que luchaban por salir al exterior a través de mis secos ojos.

Poco a poco, como se teje un suéter de lana, mi vida fue convirtiéndose en un día a día de perseguir a Hime, ir al colegio, perseguirla de vuelta y entrenar. De tanto perseguirla a escondidas el miedo a mirarla y a hablar con ella se acrecentó, nos hicimos más distantes. Si acaso la veía de lejos la evitaba y fingía irme por otro lado; mi amor por ella dio lugar, progresivamente, a una obsesión. Hime era mi religión, y yo su mayor fanático. Ella estaba en un pedestal; bella, pura, intangible para mí como el vapor. Y yo en mi fervor me arrodillaba como un ser miserable, que cada vez se sumergía más en la oscuridad.

Mis facultades iban mejorando; me tomaba el entrenamiento muy en serio. Para mí no había días festivos, o vacaciones de verano. Mi único vínculo reconocible con Hime, a parte de mi inquebrantable fe, era el dinero que mensualmente mis padres le enviaban para sus estudios. Ciertamente, mi egoísmo me evitaba pensar cómo ella podía sentirse.

Yo era un niño marginado, pero ya podía defenderme. En cuanto a ella, lentamente comenzó a relacionarse con sus compañeros del curso acelerado. Como el nombre del curso indicaba, se estaba alejando de mí a la velocidad de un cohete supersónico; ella florecía mientras yo me quedaba estancado, siempre en el mismo lugar. Aunque bien pensado, es lo lógico que debía ocurrir: Alguien como ella, con talento para los estudios, seguramente podría ir a una buena universidad, lejos de alguien como yo.
Si alguien acaso intentó alguna vez hacerla daño, me encargué de que fuera disuadido. Hacía mi trabajo de guardaespaldas, cada vez de forma más eficiente.

En esta rutina fueron pasando los meses, que dieron luego paso a los años. Hime iba madurando despacio, como los melocotones en verano, o las cerezas que recordaban a sus mejillas sonrosadas. A medida que se hacía más bella fue ganando popularidad en el colegio, a pesar de ser tan pobre. Y al mismo tiempo yo me fui desvaneciendo; no me convenía destacar ya que era su ‘vigilante’. A veces pensaba que la chica no necesitaría más un guardaespaldas, dado el séquito de pretendientes que a menudo la seguía.

Sí… Lo normal en ese caso sería ponerme celoso, pero ya no albergaba esperanza de ser su amigo abiertamente, y mucho menos su novio. Pasara lo que pasara, permanecería firme en mis convicciones como me dijo Ulises; eterno fanático de la princesa de los girasoles. Lo que me deparaba la vida, nadie podía saberlo.
A menudo, en cuanto conseguía librarse de la bandada de moscardones que la seguían, solía sacar un pequeño espejo y se retocaba los ojos, los labios… Había llegado a ser tan bella, tan femenina, y tan coqueta… Ahora, más que nunca, parecía ‘Hime’.
Tengo que entrenar.
Siguiente: El Alma del Gladiador Capítulo 16


Creative Commons License
El Alma del Gladiador by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 29 de diciembre de 2013

El Alma del Gladiador Capítulo 14

Eran cinco, nada menos. Por suerte conocía aproximadamente el domicilio de casi todos. Esa noche apenas pegué ojo, pero no me sentía cansado. Me levanté a las cinco de la mañana con la sangre helada. Cada paso que diera ese día, cada bocanada de aire que tomara, serían por mi Hime. Por su futuro, por su libertad... y por mi venganza.

Debía cogerlos desprevenidos de camino al colegio. Debía contar con que algunos de ellos fueran juntos; en ese caso tendría que separarlos antes de enfrentarme con cada uno, para tener alguna posibilidad de éxito. Además, para no levantar sospechas, tendría que llegar a clase antes de que empezase, no podía permitirme el lujo de retrasarme ni un minuto. De esta forma conseguiría mi coartada.

Por supuesto, me había hecho un plan de antemano. Acecharía a cada uno a la salida de su casa, por orden de distancia al colegio. Suponía que los que vivían más lejos saldrían antes hacia allí que los que vivían más cerca. Todo parecía tan sencillo como los anuncios de detergentes en la televisión: 'echas un poco de este producto, y la ropa brillante y como nueva...'
Silenciosamente me levanté de la cama, desayuné y me vestí de un color oscuro. A las 6 de la mañana estaba observando la luna, desde mi puerta abierta de par en par. La miraba fijamente con los ojos abiertos como platos, como murmurando para mis adentros una plegaria desesperada. Sólo ella fue testigo de mi ritual: Cogí el arma que me había prestado Ulises, una especie de porra pequeña, y la escondí en mi ropa. La madrugada era fría y despejada, ya amenazaba con las primeras heladas. El aire fresco en mis pulmones me llenaba de optimismo. Aunque el mundo se convirtiera en el peor infierno, aunque hubiera demonios como esos cinco, existía Hime. Ella sola hacía que el universo entero se redimiera y valiera la pena.

Di un paseo de reconocimiento, recorriendo toda la ruta por los puntos clave (las casas de los cinco) hasta la escuela. Por suerte no había nadie. Además, el clima frío era una excusa genial para llevar pasamontañas. Tras esta vuelta llegué a casa del primero de ellos. Eran aproximadamente las 7 de la mañana. El colegio comenzaba a eso de las 9, por lo que había calculado que el primero de ellos saldría como muy pronto a las 8 de su casa. De modo que busqué el mejor punto para tender una emboscada durante una hora, esperando con la carne de gallina y los nervios a flor de piel hasta que el primer matón asomara por la verja. Era una casa baja, lo que facilitaría la labor y evitaría que otros vecinos me pudieran ver.
….
….
7:58...
7:59...
….
….
Parecía que el minuto antes de las 8:00 fuera eterno, los segundos se resistían a marchar y permanecían remolones en la pantalla de mi reloj digital.
….
….
Un sonido de puerta. Una puerta se abrió. Una puerta se cerró. Pasos que se acercan. El picaporte de la verja se gira. La verja se abre como el chirrido de algún ave moribunda...
Unas deportivas, un pantalón de chándal. Una sudadera. Una cabeza, que se gira mientras cierra la verja. Los latidos golpeaban en mi garganta, que luchaba con mi hermética boca por el control de mi voz. Quieto como una estatua, con la piel helada; mi cuerpo era un iglú de hielo, y dentro de él estaba todo lo demás. Vi su rostro de perfil mientras cerraba el picaporte. Era él, sin duda.

Los siguientes segundos (o décimas, ¿quién sabe?) transcurrieron como un sueño momentáneo, de esos que tienes cuando te quedas dormido en la mesa después de comer. Con la porra en la mano, y sin hacer sonido alguno, me abalancé sobre él, que aún tenía la mano puesta en el picaporte. Al mismo tiempo giraba su rostro hacia mí, y seguí los pasos que mi maestro me enseñó. Golpe con todas mis fuerzas en el plexo solar, o en un costado. Mientras se retorcía confuso quebré su cuello y luego un tobillo. <<Seguro que éste ya estará fuera de circulación un buen tiempo>>, silenciosamente me dirigí al trote a la siguiente casa.

Cada uno iba a ser peor que el anterior, de eso no me cabía duda. Al irme acercando al colegio las casas bajas iban dando paso a edificios de pocas plantas, y luego edificios más altos. Donde había tantos vecinos podría tener problemas... Y casualmente el monstruo que dio la paliza a Hime era el último. Pero después de que el primero salió tan rápido y limpio, se me habían subido los ánimos. Tal vez fuera posible, después de todo.

El segundo vivía también en una casa baja, pero estaba adosada y tenía algunos vecinos a los lados. Eran alrededor de las 8:10 cuando me coloqué en el lugar exacto que tenía previsto. Al parecer me encontraba algo más relajado que la primera vez, y me sentía más seguro. De nuevo: Abrir la puerta, abrir la verja, cerrar la verja... <<Espera. La puerta no se ha cerrado...>> Alguien debía estar en la puerta, presumiblemente su madre.
Se cerró. Sigilosamente me acerqué a él por detrás e hice mi trabajo. Fuerte golpe en la mitad de la espalda que detuvo su respiración, y mientras luchaba por recuperar el aliento lo dejé sin conocimiento, y lesioné su rodilla. Nadie podría decir que estaba luchando de forma justa u honrada, pero... <<SI ES POR HIME, ESTÁ BIEN>>.

A las 8:20 había llegado a la casa del tercero. La cosa cambiaba mucho aquí, ya no eran casas bajas sino edificios de unas 5 plantas. Aunque ya había previsto un lugar donde me podría colocar al acecho, los peligros aquí eran muchos más y peores. Ya el sol asomaba en el horizonte, había demasiada luz. Salía un hombre de negocios trajeado de aquí, una chica bien vestida de allá... Mientras tanto yo yacía escondido. En este caso no encontré un lugar seguro cerca del portal, de forma que estaba observando desde la distancia.

Ahora se abría su portal... Chasco, no era él, sino un obrero... Y detrás de él... <<¡Bingo!>> Ahí salía mi objetivo. A esta hora ya había demasiada gente por la calle, no había forma de atacarlo en público en un lugar tan abierto... Así que ataviado con mi 'ropa para el frío' lo seguí desde lejos. Dobló un par de esquinas, llegó a otro portal y... Horror. Había ido a buscar a otro de los matones. Ya no podría cogerlos de uno en uno... <<¿o sí...?>>
Casualmente había un vacío providencial en la calle en ese instante, y sin pensarlo, di un rodeo para acercarme por su espalda. Golpe fuerte en la nuca y dos lesiones, y lo dejé sentado en la puerta de luna lonja, a un lado del portal. Yo me escondí en una puerta que estaba al otro lado del mismo.

En pocos instantes el cuarto estaba saliendo por el portal. Llamó a su compinche: “¡Hey! ¿Dónde estás?” A continuación se asomó a la acera y vio las piernas estiradas a un lado. Se acercó hasta allí: “Venga, no seas vago, vamos majo.... ¡Oye! ¿Estás bien? ¿Te pasa algo...?” Antes de que pudiera decir algo más ya estaba sin aliento por mi imprevisto golpe. Lesioné su cuello y su rodilla, lo que sea que lo alejara de la escuela. Dejé allí mismo los dos cuerpos tendidos y escapé por la esquina más cercana, corriendo por una ruta de callejones poco transitados hacia la última casa. <<Cuatro de cinco, ya son cuatro de cinco....>> A penas podía creerlo.
Ya eran las 8:45, y tal vez no llegase a tiempo de sorprender al último. Me encontraba algo cansado de los otros cuatro, y la noche sin dormir empezaba a hacer mella en mí... <<...¿Y si ha salido ya hacia el colegio...?>> Era un riesgo que debía correr. No podía ir hasta la escuela y volver desde allí para encontrarme con él. Eso podría ser más peligroso. <<Si hoy no lo cojo, habrá más días...>>

Me iba a poner en el lugar que había planeado, cuando: “¡Aaaahhh!” Una señora mayor se cayó, justo delante del portal, y parecía haberse hecho mucho daño. Era muy arriesgado ayudarla, pero... no había nadie más allí, y... si Hime supiera que no la había ayudado, no se sentiría nada orgullosa de mí, todo lo contrario. Finalmente salí de mi escondrijo y ayudé a la mujer.
“¿Se encuentra bien...?”
“Ay, ay, ay... Gracias, jovencito. Tengo ya muchos años y no estoy para estos trotes...”
…
…
El portal se abrió.
El portal se cerró.
Unos ojos dementes, inyectados en sangre, me miraron. Llevaba el rostro tapado excepto los ojos, pero sentía que podía reconocerme. El matón que le hizo eso a Hime, el peor de todos, ahí estaba destripándome con la mirada penetrante, como viendo hasta lo de dentro de mis huesos. Sonriendo en una mueca aterradora me golpeó en el estómago, la señora y yo caímos al suelo. Me pisó, me pateó, luego me cogió, me zarandeó, me arrojó como un trapo... Ya estaba todo perdido. Las fuerzas me estaban abandonado. No era tan fuerte como para protegerla. Por qué... por qué ella tenía que sufrir, un ser tan bello... por qué... lágrimas turbias de ira ensuciaban mi ropa, el suelo, marcaban el territorio de la masacre.

Mientras estaba siendo despojado de mis últimas esperanzas un ruido seco sonó, y el matón se dio la vuelta. ¡La señora lo había golpeado con la cachaba que llevaba! Sin dudarlo, él fue a por ella como un gorila ciego y enfurecido, y sacando fuerzas de... (jamás sabré de dónde las saqué) cogí mi porra y lo golpeé, con toda mi voluntad, directo en la nuca. Cuando cayó al suelo desmayado ya no quedaba en mí odio, ni deseo de venganza, ni nada. Me avergonzaba ser consciente de que tan sólo el miedo a morir me había sobrecogido al final. No era quien ella merecía, no era quien podría cuidar de ella. Lesioné su cuerpo con fuerza y caí sobre mis rodillas, con lágrimas de impotencia.

“Señora, ¿se encuentra bien...?”
“Sí, chico, muchas gracias por protegerme.”
“Pero si yo no... yo no puedo proteger a nadie.”
Y en mi mente resonaban las palabras de Ulises: <<Debes ser frío, despiadado y metódico, no puedes distraerte de tu objetivo por ninguna razón, o podría costarte caro>>.
Una lección amarga, contrastada con otra más dulce. Por ayudar a la señora el matón me había cogido desprevenido, pero a cambio ella me había ayudado a mí... Y como resultado, ahora estaba con el cuerpo destrozado, lleno de golpes y magulladuras. Pero... <<Pero... Hime estaría orgullosa de que la ayudé...>> No. Nada servía. Ayudar a la señora en aquel momento y lugar había sido un error. No buscaba que ella estuviera orgullosa de mí... para nada, podría convertirme en el ser más despreciable del universo, sólo por su bien.

Eran las 8:56, y estaba vestido con toda la ropa negra, el pasamontañas y hecho unos zorros. Sería prácticamente imposible que no sospecharan de mí con esas pintas.
“Señora... “
“¿Sí, jovencito?”
“Necesito un favor, uno muy importante.”
La anciana me dejó ropa que tenía de sus nietos, era ropa casual que me serviría muy bien para poder disimular. En cuanto a las heridas en mi cara, me puso algunas tiritas, y como casi nadie hablaba conmigo en el colegio seguro que nadie me preguntaría qué me había pasado.

Cuando salí de su casa ya eran las 9 pasadas, no iba a llegar a tiempo. Corrí con todo el cuerpo muy dolorido, el sudor hacía que las heridas me escocieran más. Llegué a la escuela jadeando como un perro, pero ya dentro fui andando intentando disimular (como que llegaba tarde por dejadez ese día, o algo así...) Subí tranquilamente a mi clase, y al llegar vi unas letras grandes en la pizarra: 'PROFESOR AUSENTE', y debajo: :'ESTUDIO LIBRE: LEER PÁGINAS 35 Y 36 DEL LIBRO'. Di gracias a dios, en un suspiro que hizo que algunos se dieran la vuelta a mirarme, y saqué el libro de mi pupitre.

Las demás clases fueron como siempre, con la peculiaridad de que me quedaba dormido algún rato en todas ellas. De todas formas nadie me hacía caso, lo que actuaba a mi favor esta vez. Cuando acabaron me fui a casa a descansar, no quería nada más que dormir. Pero Hime querría verme, estaría preocupada por lo que le dije el día anterior, y por cómo actué. ¿Y cómo se suponía que iba a ir a verla, con mi rostro magullado, con mis manos llenas de heridas, empapadas en odio y venganza? No sabía nada... Tan sólo me desplomé el la cama víctima del cansancio. Ya no podía pensar. Últimamente no veía mucho al mayordomo... No sé por qué llegó esa idea a mi entubiada mente. Y a continuación me quedé dormido.

Me desperté con la baba colgando, la almohada empapada, y sintiéndome desorientado. Un apetitoso olor flotaba en el aire; el estómago me rugió, no había comido nada desde el desayuno. Fui a la cocina, y al parecer el mayordomo había hecho la comida. <<Es verdad, tengo la sensación de que este mayordomo cada vez está menos por aquí...>>
Sin reflexionar más sobre el tema me puse a comer como un animal muerto de hambre. Había soñado que era un apicultor que cuidaba abejas, y me ponía una especie de escafandra... Y de pronto recordé que debía ir a visitar a Hime... Pero no podría ir, no podría ir a menos que... <<¡Claro! ¡Mi sueño!>> En cuanto acabé de comer me duché y fui al hospital. Pasé por una farmacia y compré unos guantes de goma. Luego por una tienda de equipación especial de trabajo, y allí conseguí una máscara especial para gases tóxicos y cosas por el estilo.

Me lo puse todo y llegué con ese aspecto al hospital. Subí a la planta de Hime, y las enfermeras que la cuidaban se me quedaron mirando:
“¡Hey! ¿Dónde crees que vas?”
“Hola, soy Kotaro, el amigo de Hime, y vengo a visitarla...”
“Pero... “y esas pintas que llevas? ¡Esas no son formas de entrar en un hospital!”
“...”
“Por favor... necesito entrar así... Compréndalo...”
“¡Nada, fuera máscaras!”
Una de las enfermeras me la arrancó, y vieron mi rostro maltrecho.
“Dios mío... ¿Qué te ha pasado?”
“Por favor... No le digan nada a ella... se lo suplico....”
“Ya te vale, estos chavales se meten en cada lío... Está bien, vete con las pintas que quieras. Te seguiremos el juego, pero no la líes demasiado.”
“¡Gracias!” Hice una reverencia en señal de agradecimiento extremo.
En esta postura una de las enfermeras me dio una palmada en el culo: “¡Venga! Tira para adentro, antes de que me arrepienta...” En mi cuerpo herido aquel leve cachete causó dolor, pero disimulé para no preocuparlas más y crear un verdadero problema.

Con el impulso de aquel azote llegué hasta la puerta de Hime y la abrí. Ella miró a 'lo que fuera que estaba entrando' con los ojos muy abiertos, en una expresión de desconcierto.
“¡Socorrooo!”
“¡No, Hime, tranquila! ¡Que soy yo, Kotaro!”
“¿Ehhhh? ¿Y qué haces con esa máscara...? ¿y con esos guantes?”
“Pues es que...”
“¿Es que... qué?”
“Es que... he cogido un virus muy contagioso, y tengo que ir con esta máscara y estos guantes para no pegárselo a nadie.”
“¡Ahhhhhh!” Casi se quedó sin aliento.... “¿De verdad? ¿Y estás muy enfermo? ¿No te vas a curar?”
“Sí, tranquila, el virus sólo dura un día.”
<<Menuda trola. No sé si se creerá esto...>>
La niña me miró incrédula, guiñando un ojo...
“¡Emergencia...!” Entraron las enfermeras, en el momento oportuno:
“¡Emergencia! ¡Hay un virus muy contagioso en la ciudad! ¡Jovencito, ni se te pase por la cabeza quitarte esa máscara, no queremos más infectados!”
Yo me cuadré como un soldado y saludé: “¡Sí, señora!”
Intercambiamos unos breves guiños antes de que dejaran la habitación: “¡Así me gusta, soldado!”

Ahora sí parecía que se lo había tragado. Estuvimos un rato hablando, y jugamos a algunos juegos.
“Ah, por cierto...” Hime pareció acordarse de algo.
“¿Sí...?”
“¿Qué tal el examen?”
<<¡Maldita sea! Había olvidado por completo que le dije lo del examen...>> Yo que estaba embobado y feliz pasando mi tiempo con ella, había bajado la guardia.
“Pues... pues... se ha suspendido...”
“¿Que lo has suspendido?”
“¡No, no! Que se ha aplazado, debido a la epidemia del virus.”
“Pero, y ese virus, ¿es muy grave?”
“No, nada preocupante. Tan sólo causa algunos síntomas como que, de repente, sientes un deseo irremediable de abrazar y besar...”
“¡¿Cómo?! ¿Y vas por ahí besando y abrazando a todo el mundo? ¿Incluso a la profesora vieja que te gusta tocarle el culo?”
“No, hay un medicamento que han repartido esta mañana en el colegio, que disminuye los síntomas. Es cierto, es la hora de tomarlo...”
Lo tenía todo planeado desde el principio, de modo que me había traído una pastilla de caramelo fingiendo que era la medicina. La saqué de mi bolsillo para que la viera, antes de tomármela.

Hime miró a los lados, como un poco nerviosa, y luego clavó sus ojos en mí, como si pudiera leerme como un libro abierto.
“Y, a parte de esos síntomas, ¿tiene alguno más grave...?”
“No, ninguno más...”
“Entonces...” Se puso un poco colorada.
“Eh...?”
“Entonces... no la tomes.”
“Pero, el virus...”
“Puedes tomarla cuando salgas de aquí, ¿verdad?”
“Ah, sí...”
“Pues no la tomes ahora.”
Parecía haber ganado confianza, ya no estaba tan avergonzada. Ella ganaba, así que guardé el caramelo de vuelta en mi bolsillo.

No sé si realmente Hime tiene la capacidad de leerme el pensamiento, o qué, pero di gracias al cielo miles de veces porque aquello pasó. Sin tener que contener mis sentimientos me abalancé sobre ella, la abracé muy fuerte y la besé en la frente con mi máscara, luego ella levantó la cabeza de pronto y mi beso aterrizó en sus labios.
Aquello se veía realmente cómico, besándola con mi máscara como si fuera una especie de extraterrestre, ja, ja, ja... Bueno, técnicamente, más que besarla 'restregaba mi máscara contra su cara', como un cerdo buscando trufas, ja, ja, ja...
No podía contarle lo que había pasado ese día, pero al menos... al menos ella me consoló.
“... ¿por qué lloras...?”
“No te preocupes, es otro síntoma del virus, del que no te había hablado...”

Se hizo tarde, y me tuve que ir.
“¡Kotarooooo!”
“¡Sí, señora!”
“No olvides tomar la medicina antes de salir...”
“A la orden.”
Saqué la pastilla de mi bolsillo, levanté ligeramente la máscara y me la metí en la boca.
La niña ahora tenía muy buena cara, y debo decir que yo, debajo de la máscara, también. Al salir de la habitación les di las gracias a las enfermeras apropiadamente.
“No hay de qué, pero cuídate esas heridas.”

Siguiente: El Alma del Gladiador Capítulo 15


Creative Commons License
El Alma del Gladiador by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Cambios en los comentarios (y más...)

Pues nada, quería avisar de que a partir de ahora todos los comentarios serán moderados antes de permitir su publicación. No es por nada, sólo quiero evitarme spam. Eso sí, no hay capchas y ese tipo de cosas molestas. Y sí, admito las críticas aunque sean negativas, siempre que no se hagan en tono ofensivo.

Por lo demás, sé que el blog lleva un tiempo paradillo, pero ha sido inevitable. Una historia sólo debe escribirse cuando fluye. De modo que cuando la siento artificial o demasiado magreada por mi mano, dejo de escribir y punto.

En cuanto a aquéllos que seguís el blog, MUCHAS GRACIAS DE TODO CORAZÓN. Hago esto porque me gusta y por ese motivo no quiero escribir cosas artificiales, sino relatos que flotan en el aire que respiro y a los que yo tan sólo doy forma. En cuanto a mi forma de escribir, sé que no es la más correcta, o la más académica, o... lo que sea. Yo escribo así, a ratos, apasionadamente y a veces sin sentido. No escribo para nadie, sólo disfruto del proceso. Si además alguien disfruta con ello, me haréis doblemente feliz.

Es por eso que no pediré disculpas por los retrasos en los capítulos, su ritmo errático y otras tantas corrientes de convección en este pequeño universo. 

Para los seguidores de "El Alma del Gladiador" diré que quiero sacar el capítulo 14 pronto, siempre contando con circunstancias que no puedo controlar, especialmente las que he explicado antes. Ese relato me trae una nostalgia especial; vamos, que me encanta. Recuerdo que inicialmente fueron cuatro páginas de borratajos den un cuaderno tamaño folio, plasmando el nacimiento de una historia corta y sin pretensiones. Y hoy por hoy no es pretenciosa tampoco, jaja, no. Pero ha ido cambiando con cada frase cargada de tensión, de pasión, de emoción. Ha tenido momentos mejores y otros peores. Pero lo más asombroso es que el caballo ha escapado de las riendas, y ha tomado vida propia. Impredecible como toda historia debería ser al leerla y escribirla, llena de cambios, palpitante. Al principio tenía claro su guión, como si fuera algo mecánico. Ahora no sé cuantas vueltas dará, hasta que no la escriba. 

Aquí se despide el egocéntrico dictador de este pequeño universo llamado "Como las ondas sonoras". Ahora ya sabéis el porqué del nombre: Los relatos vibran como las mismas ondas sonoras, y son cambiantes y efímeros como ellas. ¿Que eso no ocurre en la realidad, que sólo soy un soñador? Está bien para mí serlo, dejemos que sólo ocurra en este pequeño rincón. Que cada vez que leamos vibremos desde la coronilla al dedo gordo del pie; que vivamos intensa cada historia, cada vibración. A cambio yo pondré todo de mí una vez más... en las letras que aquí leerás.

Un abrazo a todos mis lectores, deseo que disfrutéis tanto leyendo como yo escribiendo. Y MIL GRACIAS por vuestra paciencia y por lo que sea que sentís al leer mis relatos. Nos leemos.

domingo, 2 de junio de 2013

La sonrisa de una oruga

Entre mis torpes manos cogí una pequeña oruga. Lenta, torpe y regordeta; verde como la hierba que la rodea, suave y sedosa al tacto cual vestido de princesa. Bajo al nivel del suelo para que pueda volver a su hogar, pero no lo hace. Soplo sobre mi palma para espantarla, pero es inútil. Y en sus ojos de insecto una mirada profunda como de súplica, clavándose en los míos. Yo, en otro tiempo vanagloriándome de mi condición humana, ahora quiebro la oxidada armadura de mi corazón ante este pequeño ser.

Tan bello como efímero, tan verde como un brote joven, tan suave como la bruma si se pudiera tocar. Viene conmigo, a mi casa, recostada entre mis dedos. Podría pulular libremente por mi habitación, pero ella sólo me observa. Con esos ojos, profundos y simplones, de color negro azabache. Me produce tal empatía mi pequeña amiga que comienzo a contarle historias, hablando por lo bajo, como secretos que sólo se oirán entre nosotros dos. Y creo alucinar: Asomando en el borde de uno de sus diminutos ocelos se halla una gotita; lo que para otro sería una casualidad, una gota de agua caída de cualquier lado, en mis retinas se refleja como una lágrima.

La pequeña oruga comienza a contorsionarse con una cadencia mágica, que parece hipnotizarme. Quedo semiconsciente, soñoliento, embobado por su baile. Finalmente el sueño gana la batalla y caigo rendido. En mi sueño ella puede hablar, la oruguita que suavemente acariciaba mi mano me dice cosas; me explica que no es cualquier oruga, sino que tiene un poder mágico. Que ha sacrificado mucho, sólo para venir a estar conmigo. Que ella sabe quien soy yo, aunque yo a ella no la conozca.

Me cuenta viejas leyendas de otro tiempo, en que ella era distinta. En que el mundo era diferente. Cuando todo era más sencillo, se vivía más despacio, las personas eran más humildes... Y ella reinaba. Soberana absoluta de todo lo que podía ver, de todo cuanto abarcaba el horizonte. Una emperatriz que irónicamente vivía encerrada en un claustrofóbico y absurdamente pulcro palacio. Una deidad en la tierra, un ser adorado por todos, pero tan solitario como una pluma de gaviota arrastrada mar adentro. Sin conocer nada, sin hablar con nadie... Sólo manteniendo la imagen de la absoluta divinidad que le atribuían.

Soledad absoluta, más agravada si cabe por estar rodeada continuamente de personas, de sirvientes, que la veían como una extraña. Con miedo, con temor como los fanáticos de un dios.
Tan sólo había unos ojos sinceros, que la desnudaban de todas sus banales filigranas: La pequeña oruga que encontró en el jardín; sus ojos, negros y profundos como oscuros pozos la vieron tal como era, la supieron despojar de una imagen de dios forzada sobre un mero ser. En secreto acudía cada día al jardín para encontrar a su pequeña amiga, que volvía a verla con su involuntaria sinceridad. 

caminaba por su piel siendo con mucho la única criatura que conocería las suaves dunas de su piel, y la única que le daría a conocer las cosquillas, el tacto, la calidez del contacto con otro ser...

Por alguna razón aquella oruga era un caso especial, y no murió en poco tiempo ni se convirtió en mariposa. La emperatriz guardaba con recelo la relación con su pequeña amiga, siendo el único aliento que daba calor a su olvidado corazón.

Pero un día...

Segaron el jardín.
Lo cortaron todo.
Quitaron las flores.
Cortaron la hierba.
Lo aplastaron todo.
La emperatriz sintió cómo se rasgaba su alma en tiras, como si metieran su corazón en una trituradora de papel. Y por el otro lado salía la imagen de ella... desamparada, desesperada, mirando al cielo, esperando que una lluvia torrencial arrastrara el mundo lejos donde no alcanzara su conciencia.

Ella desapareció. Y nunca más se supo de su paradero; hoy viene aquí la pequeña oruga y busca mi calor como desesperada. ¿Por qué yo? ¿Le serviría cualquiera? ¿Acaso fue una casualidad?
Mientras me pregunto esto ella trepa por mi brazo, hasta llegar a mi hombro. Entonces me susurra al oído: "Fuiste tú..." Algo hace un clic en mi cabeza, como algo que se desbloqueó, algo que no quería recordar.

Fui yo, y nadie más que yo, el que cortó la hierba ese día, el que aplastó todos y cada uno de los sueños de la joven emperatriz. Sí, a eso ha venido, a reprenderme... 
No. No ha venido a eso. Sino a unirse a mí, a redimir mi culpa y curar su eterno sufrimiento. Nos fundimos en uno víctima y verdugo, principio y fin, causa y efecto. Mi emperatriz eligió permanecer conmigo en esta vida. Yo, a cambio, la usaré como mero pretexto para expiar mi culpa y buscar su felicidad. ¿Crees que una oruga no puede sonreír? Te aseguro que lo hará... tan seguro como que nunca segaré mi jardín.
 
Creative Commons License
La sonrisa de una oruga by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
Free counter and web stats