Pues nada, quería avisar de que a partir de ahora todos los comentarios serán moderados antes de permitir su publicación. No es por nada, sólo quiero evitarme spam. Eso sí, no hay capchas y ese tipo de cosas molestas. Y sí, admito las críticas aunque sean negativas, siempre que no se hagan en tono ofensivo.
Por lo demás, sé que el blog lleva un tiempo paradillo, pero ha sido inevitable. Una historia sólo debe escribirse cuando fluye. De modo que cuando la siento artificial o demasiado magreada por mi mano, dejo de escribir y punto.
En cuanto a aquéllos que seguís el blog, MUCHAS GRACIAS DE TODO CORAZÓN. Hago esto porque me gusta y por ese motivo no quiero escribir cosas artificiales, sino relatos que flotan en el aire que respiro y a los que yo tan sólo doy forma. En cuanto a mi forma de escribir, sé que no es la más correcta, o la más académica, o... lo que sea. Yo escribo así, a ratos, apasionadamente y a veces sin sentido. No escribo para nadie, sólo disfruto del proceso. Si además alguien disfruta con ello, me haréis doblemente feliz.
Es por eso que no pediré disculpas por los retrasos en los capítulos, su ritmo errático y otras tantas corrientes de convección en este pequeño universo.
Para los seguidores de "El Alma del Gladiador" diré que quiero sacar el capítulo 14 pronto, siempre contando con circunstancias que no puedo controlar, especialmente las que he explicado antes. Ese relato me trae una nostalgia especial; vamos, que me encanta. Recuerdo que inicialmente fueron cuatro páginas de borratajos den un cuaderno tamaño folio, plasmando el nacimiento de una historia corta y sin pretensiones. Y hoy por hoy no es pretenciosa tampoco, jaja, no. Pero ha ido cambiando con cada frase cargada de tensión, de pasión, de emoción. Ha tenido momentos mejores y otros peores. Pero lo más asombroso es que el caballo ha escapado de las riendas, y ha tomado vida propia. Impredecible como toda historia debería ser al leerla y escribirla, llena de cambios, palpitante. Al principio tenía claro su guión, como si fuera algo mecánico. Ahora no sé cuantas vueltas dará, hasta que no la escriba.
Aquí se despide el egocéntrico dictador de este pequeño universo llamado "Como las ondas sonoras". Ahora ya sabéis el porqué del nombre: Los relatos vibran como las mismas ondas sonoras, y son cambiantes y efímeros como ellas. ¿Que eso no ocurre en la realidad, que sólo soy un soñador? Está bien para mí serlo, dejemos que sólo ocurra en este pequeño rincón. Que cada vez que leamos vibremos desde la coronilla al dedo gordo del pie; que vivamos intensa cada historia, cada vibración. A cambio yo pondré todo de mí una vez más... en las letras que aquí leerás.
Un abrazo a todos mis lectores, deseo que disfrutéis tanto leyendo como yo escribiendo. Y MIL GRACIAS por vuestra paciencia y por lo que sea que sentís al leer mis relatos. Nos leemos.
la vida vibra dentro de tí, como el latido de las ondas de sonido que contagias con tus palabras, con tu aliento, con tu mirada. Sube y baja, corre y tropieza, cambia de color a cada instante.
domingo, 17 de noviembre de 2013
domingo, 2 de junio de 2013
La sonrisa de una oruga
Entre mis torpes manos cogí una pequeña oruga. Lenta, torpe y regordeta; verde como la hierba que la rodea, suave y sedosa al tacto cual vestido de princesa. Bajo al nivel del suelo para que pueda volver a su hogar, pero no lo hace. Soplo sobre mi palma para espantarla, pero es inútil. Y en sus ojos de insecto una mirada profunda como de súplica, clavándose en los míos. Yo, en otro tiempo vanagloriándome de mi condición humana, ahora quiebro la oxidada armadura de mi corazón ante este pequeño ser.
Tan bello como efímero, tan verde como un brote joven, tan suave como la bruma si se pudiera tocar. Viene conmigo, a mi casa, recostada entre mis dedos. Podría pulular libremente por mi habitación, pero ella sólo me observa. Con esos ojos, profundos y simplones, de color negro azabache. Me produce tal empatía mi pequeña amiga que comienzo a contarle historias, hablando por lo bajo, como secretos que sólo se oirán entre nosotros dos. Y creo alucinar: Asomando en el borde de uno de sus diminutos ocelos se halla una gotita; lo que para otro sería una casualidad, una gota de agua caída de cualquier lado, en mis retinas se refleja como una lágrima.
La pequeña oruga comienza a contorsionarse con una cadencia mágica, que parece hipnotizarme. Quedo semiconsciente, soñoliento, embobado por su baile. Finalmente el sueño gana la batalla y caigo rendido. En mi sueño ella puede hablar, la oruguita que suavemente acariciaba mi mano me dice cosas; me explica que no es cualquier oruga, sino que tiene un poder mágico. Que ha sacrificado mucho, sólo para venir a estar conmigo. Que ella sabe quien soy yo, aunque yo a ella no la conozca.
Me cuenta viejas leyendas de otro tiempo, en que ella era distinta. En que el mundo era diferente. Cuando todo era más sencillo, se vivía más despacio, las personas eran más humildes... Y ella reinaba. Soberana absoluta de todo lo que podía ver, de todo cuanto abarcaba el horizonte. Una emperatriz que irónicamente vivía encerrada en un claustrofóbico y absurdamente pulcro palacio. Una deidad en la tierra, un ser adorado por todos, pero tan solitario como una pluma de gaviota arrastrada mar adentro. Sin conocer nada, sin hablar con nadie... Sólo manteniendo la imagen de la absoluta divinidad que le atribuían.
Soledad absoluta, más agravada si cabe por estar rodeada continuamente de personas, de sirvientes, que la veían como una extraña. Con miedo, con temor como los fanáticos de un dios.
Tan sólo había unos ojos sinceros, que la desnudaban de todas sus banales filigranas: La pequeña oruga que encontró en el jardín; sus ojos, negros y profundos como oscuros pozos la vieron tal como era, la supieron despojar de una imagen de dios forzada sobre un mero ser. En secreto acudía cada día al jardín para encontrar a su pequeña amiga, que volvía a verla con su involuntaria sinceridad.
caminaba por su piel siendo con mucho la única criatura que conocería las suaves dunas de su piel, y la única que le daría a conocer las cosquillas, el tacto, la calidez del contacto con otro ser...
Por alguna razón aquella oruga era un caso especial, y no murió en poco tiempo ni se convirtió en mariposa. La emperatriz guardaba con recelo la relación con su pequeña amiga, siendo el único aliento que daba calor a su olvidado corazón.
Pero un día...
Segaron el jardín.
Lo cortaron todo.
Quitaron las flores.
Cortaron la hierba.
Lo aplastaron todo.
La emperatriz sintió cómo se rasgaba su alma en tiras, como si metieran su corazón en una trituradora de papel. Y por el otro lado salía la imagen de ella... desamparada, desesperada, mirando al cielo, esperando que una lluvia torrencial arrastrara el mundo lejos donde no alcanzara su conciencia.
Ella desapareció. Y nunca más se supo de su paradero; hoy viene aquí la pequeña oruga y busca mi calor como desesperada. ¿Por qué yo? ¿Le serviría cualquiera? ¿Acaso fue una casualidad?
Mientras me pregunto esto ella trepa por mi brazo, hasta llegar a mi hombro. Entonces me susurra al oído: "Fuiste tú..." Algo hace un clic en mi cabeza, como algo que se desbloqueó, algo que no quería recordar.
Fui yo, y nadie más que yo, el que cortó la hierba ese día, el que aplastó todos y cada uno de los sueños de la joven emperatriz. Sí, a eso ha venido, a reprenderme...
No. No ha venido a eso. Sino a unirse a mí, a redimir mi culpa y curar su eterno sufrimiento. Nos fundimos en uno víctima y verdugo, principio y fin, causa y efecto. Mi emperatriz eligió permanecer conmigo en esta vida. Yo, a cambio, la usaré como mero pretexto para expiar mi culpa y buscar su felicidad. ¿Crees que una oruga no puede sonreír? Te aseguro que lo hará... tan seguro como que nunca segaré mi jardín.

La sonrisa de una oruga by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
Tan bello como efímero, tan verde como un brote joven, tan suave como la bruma si se pudiera tocar. Viene conmigo, a mi casa, recostada entre mis dedos. Podría pulular libremente por mi habitación, pero ella sólo me observa. Con esos ojos, profundos y simplones, de color negro azabache. Me produce tal empatía mi pequeña amiga que comienzo a contarle historias, hablando por lo bajo, como secretos que sólo se oirán entre nosotros dos. Y creo alucinar: Asomando en el borde de uno de sus diminutos ocelos se halla una gotita; lo que para otro sería una casualidad, una gota de agua caída de cualquier lado, en mis retinas se refleja como una lágrima.
La pequeña oruga comienza a contorsionarse con una cadencia mágica, que parece hipnotizarme. Quedo semiconsciente, soñoliento, embobado por su baile. Finalmente el sueño gana la batalla y caigo rendido. En mi sueño ella puede hablar, la oruguita que suavemente acariciaba mi mano me dice cosas; me explica que no es cualquier oruga, sino que tiene un poder mágico. Que ha sacrificado mucho, sólo para venir a estar conmigo. Que ella sabe quien soy yo, aunque yo a ella no la conozca.
Me cuenta viejas leyendas de otro tiempo, en que ella era distinta. En que el mundo era diferente. Cuando todo era más sencillo, se vivía más despacio, las personas eran más humildes... Y ella reinaba. Soberana absoluta de todo lo que podía ver, de todo cuanto abarcaba el horizonte. Una emperatriz que irónicamente vivía encerrada en un claustrofóbico y absurdamente pulcro palacio. Una deidad en la tierra, un ser adorado por todos, pero tan solitario como una pluma de gaviota arrastrada mar adentro. Sin conocer nada, sin hablar con nadie... Sólo manteniendo la imagen de la absoluta divinidad que le atribuían.
Soledad absoluta, más agravada si cabe por estar rodeada continuamente de personas, de sirvientes, que la veían como una extraña. Con miedo, con temor como los fanáticos de un dios.
Tan sólo había unos ojos sinceros, que la desnudaban de todas sus banales filigranas: La pequeña oruga que encontró en el jardín; sus ojos, negros y profundos como oscuros pozos la vieron tal como era, la supieron despojar de una imagen de dios forzada sobre un mero ser. En secreto acudía cada día al jardín para encontrar a su pequeña amiga, que volvía a verla con su involuntaria sinceridad.
caminaba por su piel siendo con mucho la única criatura que conocería las suaves dunas de su piel, y la única que le daría a conocer las cosquillas, el tacto, la calidez del contacto con otro ser...
Por alguna razón aquella oruga era un caso especial, y no murió en poco tiempo ni se convirtió en mariposa. La emperatriz guardaba con recelo la relación con su pequeña amiga, siendo el único aliento que daba calor a su olvidado corazón.
Pero un día...
Segaron el jardín.
Lo cortaron todo.
Quitaron las flores.
Cortaron la hierba.
Lo aplastaron todo.
La emperatriz sintió cómo se rasgaba su alma en tiras, como si metieran su corazón en una trituradora de papel. Y por el otro lado salía la imagen de ella... desamparada, desesperada, mirando al cielo, esperando que una lluvia torrencial arrastrara el mundo lejos donde no alcanzara su conciencia.
Ella desapareció. Y nunca más se supo de su paradero; hoy viene aquí la pequeña oruga y busca mi calor como desesperada. ¿Por qué yo? ¿Le serviría cualquiera? ¿Acaso fue una casualidad?
Mientras me pregunto esto ella trepa por mi brazo, hasta llegar a mi hombro. Entonces me susurra al oído: "Fuiste tú..." Algo hace un clic en mi cabeza, como algo que se desbloqueó, algo que no quería recordar.
Fui yo, y nadie más que yo, el que cortó la hierba ese día, el que aplastó todos y cada uno de los sueños de la joven emperatriz. Sí, a eso ha venido, a reprenderme...
No. No ha venido a eso. Sino a unirse a mí, a redimir mi culpa y curar su eterno sufrimiento. Nos fundimos en uno víctima y verdugo, principio y fin, causa y efecto. Mi emperatriz eligió permanecer conmigo en esta vida. Yo, a cambio, la usaré como mero pretexto para expiar mi culpa y buscar su felicidad. ¿Crees que una oruga no puede sonreír? Te aseguro que lo hará... tan seguro como que nunca segaré mi jardín.
La sonrisa de una oruga by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
domingo, 19 de mayo de 2013
El Alma del Gladiador Capítulo 13
“¡Ulises!
¿Estás ahí...?”
“Sí,
sigo aquí.”
Al
igual que un perro maldice la correa que tira de él, maldigo el
destino que nos arrastró a mi Hime y a mí. Y maldigo al autor que
me da vida por capricho, de forma irregular y errática...
“...”
“Si
tienes tanto dinero... ¿has pensado en contratar un guardaespaldas?”
“Sí,
lo pensé. Pero no la dejaré en manos de ningún otro. Algo tan
valioso como mi Hime... sería incapaz de dormir pensando que un
extraño la vigila y la persigue, que no se preocupa por ella y la
protege sólo como parte de su trabajo. Si alguna vez le ocurriera
algo, el guardaspaldas simplemente podría pensar 'vaya chasco,
buscaré otro trabajo' o algo así.”
“Lo
que me estás pidiendo puede cambiar completamente tu vida... sabes
que puedes acomodarte y vivir fingiendo que no sabes nada...”
“¡Mierda!”
las lágrimas ardían en mis mejillas: “¡Se me va a morir la mejor
parte de mí! Si no puedes entenderlo, entonces perdona las
molestias, buscaré otra persona y sin rencores... Pero por favor no
digas eso...”
“...”
“Debo
decir que admiro tu determinación” <<o tu desesperación>>,
debía pensar. “¿Estás seguro de que eso es lo que quieres?
Tengo un oscuro pasado, yo no soy trigo limpio. Si te involucras
conmigo puede que tengas problemas, y una vez que comiences no habrá
vuelta atrás. Jamás.”
La
forma en que lo dijo era intimidante. Tal vez estaba intentando
disuadirme de un camino a su juicio demasiado tortuoso para mi corta
edad. Pero para mí no era así. Estaba nervioso y acelerado, como si
fuera a nacer de nuevo, como si fuera a romper los barrotes de mi
jaula de seguridad y presentarme desnudo frente al mundo.
“¿Me
admiras? Tengo tanto miedo... y soy tan egoísta... Sólo quiero
custodiarla porque la necesito para vivir, porque si su luz se apaga
no habrá un futuro para mí. Sólo soy un cobarde que necesita un
arma. Si para obtenerla tengo que involucrarme donde quiera que sea
lo haré, pero nunca la involucraré a ella. De verdad es lo que
quiero; no, de verdad es lo que necesito. Como ya te dije, el dinero
no es problema...”
“No
quiero tu dinero. Si acaso decidiera entrenarte, sería algo
puramente vocacional. Te lo preguntaré por última vez. ¿Estás
totalmente seguro de abandonar tu vida normal a tus 7 años y
convertirte en una 'máquina de matar'?” Remarcó fuertemente las
palabras 'máquina de matar'.
“¿Matar?
Pero yo creí que tú enseñabas a pelear, a defenderse, a...”
“No
te equivoques, chico. Yo sólo enseño a luchar... a muerte.”
Me
sorprendí, aquello no era lo que había pensado.
“...”
“...”
Pero...
“Por
favor te lo pido, conviérteme en lo que sea que pueda protegerla.
¿Una máquina de matar? Eso mismo me vale, comprometeré mi vida y
mi futuro, haré lo que me pidas sin rechistar...”
“De
acuerdo, ya no insistiré más. Mañana ven a mi casa después de
clase. Si a las cinco de la tarde no estás por aquí, entenderé que
te has echado atrás. Te daré a probar un poco de lo que has
elegido.”
Al
colgar el teléfono me quedé pensativo. Aquello era un lío muy
gordo, demasiado gordo para un niño tan pequeño. Tan gordo que
ahora sí, de verdad debería alejarme de mi Hime para no meterla en
él. Era algo que yo, y sólo yo, había elegido... y que volvería a
elegir otras seis veces más por ella, si fuera un gato.
Pero
la había besado. Pero su rostro lleno de lágrimas, su preocupación
por verse hermosa ante mí, me estaba partiendo el alma. ¿La dejaría
sola después de verla así, con sus aflicciones, con la visible
dependencia que tenía hacia mí? (Dicho sea de paso que la mía
hacia ella podía ser aún peor...)
El
pecho me apretaba, como si fuera a vomitar el corazón en cualquier
momento. Sentía que las cosas estaban comenzando a girar en un
remolino que me absorbía.
El
día siguiente fue de lo más normal, considerando que Hime ya no
estaba en mi clase. Tuve la suerte suficiente para no tropezar con
los matones ni a la entrada ni a la salida del colegio, lo que fue de
agradecer para mí; me hallaba en una situación tan inestable que ni
siquiera podía intuír qué ocurriría si nos encontrásemos cara a
cara. Me sentía con remordimiento, por no poder ir a visitar a Hime
al hospital esa tarde, más aún si cabe sabiendo que ella me estaría
esperando. <<Quién sabe, tal vez más tarde, después de estar
con Ulises, pueda ir a verla.>>
Faltaban
escasos minutos para las cinco de la tarde, y ahí estaba yo, junto
al portal de Ulises, mordiéndome el labio inferior. Él había dicho
'si a las cinco no estás aquí será como que te has echado atrás',
o algo así. Tocar el timbre del portero automático significaría
dar el paso, dejarlo todo atrás... ¿de verdad mataría a alguien?
¿un niño rico y acomodado como yo, un flojeras que nunca había
dado un palo al agua, y no poseía ninguna habilidad remarcable?
<<salvo ser abusado por otros, claro... Ah, y... HACER FELIZ A
HIME. ÉSA ES MI HABILIDAD.>> La imagen de ella me produjo un
flash, de todo lo que había ocurrido, de todo lo que había sufrido.
Y de todo lo que iba a sufrir si alguien no la salvaba. <<Mi
Hime convertida en un vegetal, sin sonrisa, sin vida en sus ojos...>>
Toqué.
Apreté fuerte el botón, como sellando mi destino en ese preciso
instante. <<Lo que sea que tenga que hacer, SI ES POR HIME,
ESTÁ BIEN.>>
“¿Sí?”
“Hola,
Ulises, soy Kotaro”
“Ya
veo. Espera un momento, ahora bajo.”
En
pocos instantes estaba saliendo por el portal. Traía un perro pastor
alemán con una correa, lo que me extrañó pues no sabía que
tuviera mascotas; pero no dije nada al respecto.
“Así
que has decidido venir. Vale, no intentaré disuadirte más, pero
deberás superar unas pruebas si quieres que te entrene.”
“¿Pruebas?
Pero yo no sabía que...”
“No
debías saberlo. Éstas son pruebas sorpresa, no tendrían sentido si
te hubieras entrenado para ellas. Acompáñame, iremos a un sitio
para hacerlas.”
Pensé
que no debía ser un lugar muy lejano, teniendo en cuenta su cojera.
Y efectivamente, se trataba de una campa escondida entre maleza, muy
cercana al edificio pero bien resguardada de las miradas ajenas.
Ulises se sentó pesadamente en una roca: “Aaayy. Van a ser tres
pruebas: Determinación, sangre fría e instinto asesino.”
“...”
“Primera
prueba: Da un puñetazo a esa roca, con todas tus fuerzas.”
“Pero
si hago eso me romperé la mano... y no podré luchar ni hacer
nada...”
“Bien,
si no te sientes con ganas podemos dejarlo aquí...”
Me
dejó perplejo con semejante petición. Tal vez me estaba probando, o
tal vez seguía pretendiendo que desistiera, o... <<Hime...>>
Tomé carrerilla y fui contra la roca: “¡Aaaaaahhhhh!”, lancé
el puñetazo más fuerte que nunca podría haber dado. <<Adiós
a mi mano, a mi brazo, a todo...>> Cuando: '¡crackksss!' la
roca se hizo pedazos y la atravesé con mi puño. Un montón de
bolitas flotaron en el aire... Sólo había una explicación: ¡La
roca era de poliespan!
“¡Jajajaja...!”
Ulises berreó con una risa demente: “Muy bueno, chico, muy
bueno...”
“¡Me
has engañado! ¡Yo estaba dispuesto a quedarme manco!”
“ESO
es la determinación, chico. Que no se te olvide.”
“Segunda
prueba: Quédate parado aquí delante, y no te muevas un milímetro.
Si te mueves habrás fallado la prueba.”
Fui
a donde me decía y me quedé quieto. “¿Sólo eso? ¿Tan fácil?”
“No,
espera. Debes permanecer quieto, recuérdalo.”
Cogió
un palo que tenía a mano y golpeó al perro. Pensé que era un
desalmado, pobre animal, no había hecho nada. Lo golpeó varias
veces y, gradualmente, el perro se fue enfadando. En poco tiempo
estaba enseñando los colmillos, gruñendo y echando espuma por la
boca. Era realmente amenazador, pero no cerré los ojos. No podía
moverme ni un poco.
Manejó
la correa y la enredó a mi alrededor, haciendo que la fiera se
colocara detrás mío. Desde un lado siguió golpeándolo con el
palo.
Tenía
miedo. Y no podía correr, no me podía marchar. Me iba a morder,
seguro que me iba a morder, y no debía hacer el mínimo sonido o
movimiento. Debía soportarlo...
Me
mordió. Varias veces en la parte de atrás de las piernas, alguna
vez en el glúteo. Notaba cómo la agitada sangre empapaba mi
pantalón en una mezcla con saliva.
Finalmente
apartó al perro: “Bien, chico. Vas bien. Sólo te queda una
prueba.”
Al
oírlo solté aire de golpe y me derrumbé, tocándome las
pantorrillas y muslos con dolor, respirando tan aceleradamente como
un tren de vapor a toda máquina.
La
última prueba era algo de 'asesinar'... <<No me mandará...>>
Sí, me mandó lo que más temía.
“Tercera
prueba: Mata al perro.”
“Pero...
¿Qué culpa tiene el perro de nada? ¿Qué tiene él que ver en todo
esto?”
“¡A
callar! Esto es lo que has elegido, tendrás que matar a muchas
personas, no perros, que no habrán hecho nada malo. Si no eres capaz
de hacerlo, aquí mismo hemos acabado.”
Me
tragué mis réplicas y mis excusas para no enfentarme al enfadado
animal: <<SI ES POR HIME, ESTÁ BIEN.>>
“Vale, lo haré.” Al tiempo que lo decía pensaba que aquel hombre
era mucho peor de lo que había imaginado, alguien que debía haber
vivido en un infierno y que me lo iba a hacer vivir a mí.
“De
acuerdo, empezamos. Prepárate.” Ulises cogió al perro por el
collar y soltó el mosquetón de la correa.
“¿Puedo
utilizar armas, verdad?”
“Así
es.”
Sin
decir nada más cogí una piedra de un tamaño medio, que podía
lanzar con suficiente velocidad, y que a la vez era lo bastante
contundente para tener algún efecto en la víctima.
“¡Ahí
va!” Soltó al animal y le dio un par de golpes; ahí venía, hacia
mí, hecho una fiera. Con todas mis fuerzas le lancé el canto contra
la cabeza, apuntando a la nariz. Un agudo chillido penetró mis
oídos, y el perro retrocedió unos metros. Luego vino a mí, aún
con más cólera, pero ya tenía otro proyectil en la mano y repetí
la acción. Esta vez se cayó al suelo.
Al
segundo golpe ya parecía malherido, y no vino a por mí más. Se
levantó con cierta dificultad y se dió la vuelta, huyendo
torpemente de mí. Con lágrimas en los ojos y una lanza de culpa
atravesándome el pecho lo perseguí, con una tercera piedra, y
golpeé su cabeza hasta que dejó de moverse. <<SI ES POR HIME
ESTÁ BIEN>>, me repetía, mientras subía y bajaba la
herramienta de mi asesinato. Al final sólo pude romper a llorar como
un niño pequeño, como la primera y única vez que pude salvar a
Hime de los abusones, pero esta vez no existía alivio. No había una
buena razón para hacer lo que hice, simplemente tuve que hacerlo.
“Enhorabuena,
chaval. Lo has conseguido. ¿Cómo te sientes, 'máquina de matar'?”
Encima
se lo tomaba a broma... Me di cuenta, definitivamente, de que Ulises
estaba loco de atar.
“¿Cómo
me siento? Ehh... ¡Arrggghhhh...!” Vomité allí mismo, delante
suyo, para su disfrute. Él se lo estaba pasando en grande: “Vale,
no me lo digas, ¡jajajaja...!”
“Vamos
chico. Ven a mi casa, te curaré las heridas. Mañana empezaremos con
tu entrenamiento.”
Cuando
salí de allí eran un poco más de las siete de la tarde. Me daría
tiempo a visitar a Hime en el hospital, pero no tuve valor. Después
de lo que acababa de hacer, verla, mirarla a la cara... me sentía
incapaz. Temía que si en ese momento me acercara a ella ensuciaría
su pureza; con mis manos sucias de sangre... y con mis ojos sucios de
muerte.
Al
día siguiente mi 'profesor' me estaba esperando en la campa, después
de la escuela. Yo estaba impaciente por aprender a pelear, pero me
llevé el primer chasco.
“Primero
debes aprender a percibir el mundo que te rodea, con todos los
sentidos...”
Yo
ni siquiera sabía que eso se pudiera hacer. Me llevó más tiempo
del que hubiera esperado, ya que creía que sería algo muy simple y
sin importancia. Pero estaba equivocado. El maestro, diligentemente,
me encargaba 'deberes' para casa. Y me advertía: “Si no haces los
deberes no te molestes en venir, ya que no te seguiré enseñando
hasta que los hayas terminado.”
Al
menos el entrenamiento me dejaba el tiempo libre suficiente para ir a
ver a mi Hime. Ya sus heridas iban mejorando, poco a poco. No se
había vuelto a maquillar más días, desde que la 'pillé'. Recuerdo
que el día siguiente de las pruebas fui a visitarla...
“Holaaaaa...
¿Cómo está mi enferma favorita?” <<Ay, dios, vaya papos
más gordos... esto va a ser complicado...>>
“¡Jo!
¿Por qué no viniste ayer? ¡Me dejaste aquí sola, olvidada y
abandonada...!”
“Bueno,
es que tuve que hacer algo...”
“Ah,
¿sí? ¿Y qué fue eso tan importante para que te olvidaras de mí?”
“Eh...
esto... tenía que...”
“¿Tenías
qué...?” Ella ladeaba ligeramente la cabeza y elevaba un poco la
mirada, en un gesto muy expresivo que inquiría mis excusas. De
ninguna manera podía decirle lo que había pasado el día anterior,
ni mucho menos mis planes para cuidar de ella 'en la sombra'... ¿Y
qué le iba a decir? Tenía que inventarme algo; algo bueno que no la
hiciera sospechar...
“Eh...
¿recuerdas el castigo de barrer toda la clase? Ayer hice enfadar a
la profesora, y me tuve que quedar limpiando hasta la noche.”
“Y...
¿qué hiciste?”
Ésa
era la peor parte. Debía sacarme algo medianamente coherente de la
manga. Ese castigo era especial, no te lo pondrían por algo leve
como quedarte dormido en clase.
“Pues...”
“¿Y
bien?”
“Le
toqué el culo a la profesora.”
“¿QUÉEEEEEEEE?
¿Pero cómo pudiste hacer eso? ¿O sea que te dejo solo dos días y
te vuelves un pervertido de lo peor? ¡Y para colmo te gustan las
viejas!”
“No,
si no lo hice a posta...”
“¿Ah,
no? ¿Y entonces qué pasó, tu mano se movió sola?”
“No
exactamente... Es que tenía una mosca.”
“¿Una
mosca?”
“Sí,
tenía una mosca en el culo y la intenté matar.”
Hasta
yo mismo podía darme cuenta de que semejante historia no la creería
nadie. Era absurda... Mi rostro reflejaba desesperación, no era
bueno mintiendo pero tampoco podía dejar que ella lo supiera... No
sabía ni qué decir, ni a dónde mirar. Sabía que no podía
engañarla. No a ella; me conocía demasiado.
“Ah,
ya veo. ¿Y conseguiste matar a la mosca?”
Pude
ver un matiz de comprensión en su mirada. Me estaba 'perdonando la
vida', fingiendo que se había tragado la enorme patraña...
“No,
encima se me escapó, pero toda la clase rompió a reír diciendo que
'la profesora y yo éramos novios', que nos íbamos a casar y no sé
qué... Por favor, cuando vuelvas a la escuela no comentes nada sobre
el tema o me moriré de vergüenza.”
De
pronto, una mirada encendida...
“No
te gustará esa vieja, ¿verdad...? ¿Casarte con ella...?”
De
seguro ella me estaba siguiendo el juego.
“No
les hagas caso, sólo lo decían en clase...”
“Sí,
claro, pero has tocado el culo a esa vieja y
conmigo ni siquiera lo has intentado...”
“¿Qué
murmuras? ¿Decías algo? No he podido oírte bien...”
'¡Toc,
toc!' Llamaron a la puerta de la habitación:
“Se
acaba el horario de visitas, tienes que irte ya.”
“Entendido,
enseguida salgo”.
“Jo,
Kota, no te vayas...”
“Mañana
vengo otra vez, te lo prometo.”
“¿Pero
por qué vienes tan tarde? ¡Antes venías nada más acabar las
clases!”
“Eso...
eso ya te lo explico mañana, ahora no hay tiempo.”
Sus
papos estaban otra vez como dos globos apunto de estallar.
“Por
cierto... ¿qué es eso que tienes ahí?”
“¿Qué?
¿Dónde?”
“¡Ah!
¡Vaya bicho más feo! ¡Es la primera vez que lo veo!”
“¿Ehhh?
¡No! ¡Quítamelo! ¡Rápido! ¡Quítamelo ya!”
“Espera,
que lo mato...”
'¡¡Plas!!'
Le dí un azote en el culo... que todavía hoy no puedo olvidar,
jajaja...
“¡Ahhh!
¡Era verdad! ¡Eres un maldito pervertido! ¡Y no te importa si son
viejas o jóvenes! ¡Todas estamos en peligro!”
“Vale,
vale. Mañana te veo, entonces...”
Cuando
iba a salir por la puerta, ahí estaban las enfermeras de nuevo.
“¡Cuidado!
¡Es un pervertido! ¡Os tocará el culo a todas!”
“No
digas eso... Ah, es verdad, esta enfermera tiene un bicho muy gordo
en...”
“¡Nooo!
¡Pervertidoooo!”
“¡Jajaja...!”
Como por arte de magia olvidé el mal trago que pasé durante las
pruebas, y recordé lo que había jurado proteger. <<SI ES POR
HIME ESTÁ BIEN>>, aquellas palabras cobraron un significado
renovado en mi mente.
“Chico,
no sé lo que haces, pero cuando te vas siempre la dejas súper
animada...” Dijo una de las enfermeras. A lo cual sólo sonreí:
<<Eso, mejor que no sepan 'lo que hago', o estaré en
problemas.>> Aproveché la ocasión para preguntar a una de
ellas:
“¿Hime
tardará mucho en volver al cole?”
“No,
puede que unas dos semanas... No seas impaciente, debe reponerse bien
de sus heridas.”
“Vale,
lo intentaré...”
Me
dirigí hacia la salida del hospital, y seguido a mi casa.
Tenía
como mucho dos semanas. Eso había dicho la enfermera. Dos semanas
para convertir ese colegio en un lugar seguro para Hime, donde no
tuviera nada que temer. ¿Y cómo iba a borrar el terror de su
mirada? ¿Cómo iba a borrar el terror que sentía por dentro?
El
único que me podía ayudar era Ulises, para bien o para mal.
El
día siguiente no perdí el tiempo: en cuanto lo vi se lo comenté:
“Ulises...”
Debía
olerse algo, porque me miró de lado, con un gesto de sospecha:
“¿Sí?”
“Necesito
deshacerme de esos matones, de los que te hablé, antes de dos
semanas. O asustarlos de verdad, o lo que sea. Algo que haga que no
se acerquen a Hime nunca más.”
“¿Eh?”
Ahora mismo, si pienso en la expresión que puso, diría que fue de
'falsa sorpresa': “¿Dos semanas? ¿Pero tú crees que acaso en dos
semanas...? Esto no funciona así, muchacho.”
“Te
pagaré...”
De
pronto se puso muy serio:
“Que
sea la última vez que hablas del dinero. Creo que ya te lo dejé
claro.”
“Sí,
pero...”
Pareció
que se aguantaba una contestación más fuerte.
“Podemos
hacer un trato: Si me enseñas ahora una técnica para darles una
paliza de verdad, luego aprenderé lo que tú me digas y como tú me
lo digas.”
“No,
chico. El problema no es sólo la técnica. Te falta fuerza, y eso sí
que no podemos entrenarlo en menos de dos semanas.”
“Pero
entonces Hime...”
“Bueno,
todavía hay una forma...”
“¿Sí?
¿Cuál?”
“Puedo
entrenarte en lo básico del cuerpo a cuerpo y dejarte un arma. Pero
debes cuidar de atacarlos uno por uno. Si alguna vez te topas con dos
de ellos juntos, estarás perdido.”
“¿Y
con eso crees que dejarán en paz a Hime?”
“¿Sólo
con una paliza? Huy, chico. Me temo que no. Tendrás que lesionarlos
para que estén algunos meses fuera de la escuela. De esa forma,
cuando salgan del hospital tú ya estarás más preparado para
hacerlos frente.”
La
idea me encantó: “¡Vale! ¿Cuándo empezamos?”
“Ahora
mismo”
“¡Bieeen!”
“Pero
recuerda, cuando este asunto termine deberás retomar tu
'entrenamiento sensitivo' donde lo dejaste, construir la casa desde
los cimientos.”
“Vale,
de acuerdo.”
Y
así Ulises comenzó a adiestrarme en las técnicas de lucha cuerpo a
cuerpo, que según decía él, eran casi todas 'deportivamente
ilegales' o algo así.
Cada
día que visitaba a Hime, estaba un poco mejor. Eso me subía la
moral. Pero en el fondo de sus ojos todavía yacía el temor; eso lo
sabía, lo podía ver. Como una flor en la tormenta, ella llegaría a
ser la más hermosa. Y yo me aseguraría de que estuviera bien.
El
entrenamiento acelerado ciertamente lo era, y acababa exhausto. El
calendario avanzaba implacable, y sólo unas pocas jornadas quedaban
para que saliera del hospital.
“Mañana
no vengas a entrenar. Vete de caza. No lo olvides, tápate la cara
con un pasamontañas negro; y lleva ropa poco llamativa, que nunca
hayas usado, y que nunca más usarás.”
Luego
estuve con Hime...
“Kota,
pasa algo?”
“No,
¿por qué piensas eso?”
“Estás
nervioso...”
“¿Nervioso
yo? Para nada, jeje...”
“Sí,
claro; por eso te tiemblan las manos y estás sudando.”
“Es
que mañana hay un examen muy difícil...”
“¡Jo!
¿y no me lo dices? Te puedo ayudar con lo que no entiendas...”
“Vale,
pero cuando estés bien. Por ahora descansa.”
'Muacks'
“¿Ehh?
¿Qué haces?” Hime se puso roja cuando le besé la frente.
“Estás
raro...”
“No
digas eso... Es para que se cure antes.”
Entonces
la abracé con fuerza.
“¿Kota...?”
“¿También
está mal que te abrace?”
“No,
pero... Mañana vendrás a verme, ¿verdad?”
“Claro,
como siempre. Ya lo sabes.”
Al
parecer, ella había captado mi actitud como de 'posible despedida',
y lucía preocupada. Me devolvió el abrazo con un sincero ímpetu,
como si quisiera aplacar mis nervios.
Cuando
abría la puerta para salir de la habitación la observé. Puede que
esa fuera la última vez que la viera. Y recité, mentalmente: <<SI
ES POR HIME, ESTÁ BIEN.>>
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El Alma del Gladiador by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
martes, 23 de abril de 2013
Nuestro mar
Martes, 23 de abril de 2013. He decidido contar mi historia. Una de tantas historias que flotan por ahí, en cualquier blog. Sí, para tí puede ser una de tantas; pero para mí, podría ser la única huella de mi existencia.
Yo vivía junto al mar, en una casa que me legaron mis padres que se hallaba en lo alto de un acantilado. Nunca había sabido hacer nada, fui siempre un niño rico y no tuve oficio alguno. Pero por alguna razón la fortuna de mis padres desapareció, murieron y me dejaron tan solo esta casa donde poder vivir. Sin criados, sin mayordomos, sin nadie. Yo no soy nadie, y el furioso viento cantábrico era el único que con su melodía da vida a la solitaria casa. Abría las ventanas para hacerlo silbar. El cielo nublado me decía que venía otra galerna, que mi amigo céfiro volvería otra noche a hacerme compañía.
Debo decir que al menos me dejaron comida en mi abandono, para que no muriera de inanición ya que no sabía hacer nada para ganarme la vida. Mi única diversión consistía en un pequeño retel con mango con el cual podría atrapar quisquillas y otros pequeños animales en las pozas. Mas no había acceso al mar desde aquel inhóspito paraje, y teniendo en el sótano un pico y una pala, y sin otro propósito en mi vida, comencé a picar la roca intentando hacer unas escaleras para bajar al mar.
Al principio me salieron callos; y al poco rato ampollas. La sangre, el dolor, el cansancio... todo me daba igual. Ahora el viento tenía un acompañante a la percusión. Con este dueto transcurrieron días, luego meses, luego años... No puedes imaginarte lo fantástico que es, para alguien que no tenía nada que hacer en su vida, estar ilusionado con algo. Quería hacer las escaleras, quería crear mi acceso al mar. Y cada día que pasaba la salitre olía más fuerte; cada día estaba más cerca de conseguirlo. Yo, que nunca había sabido nada... ¡Ahora sabía picar piedra! Tal vez me podrían hacer indefinido en unos trabajos forzados o algo así...
Después de algún tiempo llegué a la misma orilla del mar. Y casualidad (¡perfecta!) que justo a la izquierda de mis rústicas escaleras se hallaba una poza. Una muy buena poza, como de dos metros de diámetro y que parecía ser bastante profunda. Parecía ser demasiado grande como para jugar con el retel (jo, ahora que al fin encuentro una poza... ). Sí, más bien sería un sitio para echar la caña a ver si pescas algo. Además, en ella el agua estaba muy tranquila, así que decidí darme un baño.
Buceé un poco y pude ver una especie de cueva casi en el fondo. Era bastante grande como para poder entrar buceando y dar la vuelta para salir, de modo que me animé a intentarlo. Buceé adentro un metro y luego volví a emerger; luego repetí la operación con dos metros...
Me aficioné a esa particular espeleología y cada día intentaba llegar un poco más allá. Realmente había obtenido capacidad pulmonar, ya podía entrar unos diez metros y volver sin problemas. Ahora me ilusionaba la cueva. De nuevo, era fantástico tener una ilusión por la que vivir. Cada día llegaría más, y alguna vez conquistaría el fondo. Tal vez estuviera en las profundidades de la Tierra, o tal vez tuviera otra salida en algún lugar desconocido...
Cierto día llegué a un punto en que veía algo de luz. Decidí arriesgarme y acercarme un poco más... y ¡lo logré! Salí a una gran estancia dentro de la cueva, con un agujero arriba por donde entraba la luz. Salí del agua y pisé un suelo de roca lisa, a diferencia de los afilados acantilados de la orilla. Había conseguido mi meta. Pero pensé que tal vez eso significaría quedarme sin ilusión; cuando tuve un hallazgo que me dejó atónito: Una... ¿qué? ¡Una cola de pez... gigante! que iba ascendiendo hacia el lomo, ya escondido tras una roca.
Rodeé el obstáculo para poder observar al gigantesco pez... Era una sirena.
Parecía muerta, o dormida, no sabría decirlo bien. Su piel tan blanca como la nieve bien podría ser de un muerto, o de una belleza caucásica. Intenté hablarle:
"¿...Hola...?" "Hey, hola, ¿estás bien?" "¡Heyyy! ¿Puedes oírme?"
Lentamente abrió los ojos, e hizo un sonido gutural (lo que tendría sentido considerando que se trataba de un ser mitad humano y mitad pez) que no pude comprender. Parecía estar enferma, o debilitada. Diría que no podía moverse. A continuación la examiné con más detalle, y pude ver las heridas en sus aletas, en los costados de su 'mitad de pez' y en sus brazos. Probablemente habrían sido causadas por redes de pesca, o basura que la gente despreocupada tiramos al mar. En ese preciso momento me juré que no volvería a tirar basura al mar nunca más.
De verdad, parecía muy débil. Necesitaba comer algo. Suponía que algo como pescado o similar... En mi casa sólo había conservas, pero podrían servir de algo. El hecho de tener que pasar otras dos veces por el largo pasillo submarino me provocaba pereza y algo de temor, pero no había tiempo que perder. Fui a por varias conservas de pescado y un abrelatas, y me até la lata al abdomen con la misma camiseta. Cuando llegué estaba todavía más exhausto que antes, pero no me importó. Salí del agua y desperté a la sirena. Abrí la lata y saqué algo de pescado de ella, para que no se cortara. Se lo puse delante de la cabeza para que pudiera olerlo.
Efectivamente, movió la nariz como olfateando y acto seguido se abalanzó sobre la comida. La lata era grande pero la volqué entera en el suelo. Mientras se distraía comiendo cogí algo de agua de mar e intenté lavarle las heridas, pero varias veces me amenazó con sonidos ciertamente amedrentantes y una de ellas me arañó (tenía unas garras que para nada eran humanas; vamos, que no era la sirenita en plan Disney...). Logré al menos verter el agua sobre los cortes y arañazos en un intento de desinfectarlos ligeramente.
Allí se quedó toda la lata, pero me llevé el envoltorio haciendo práctica de la nueva promesa que me habia hecho. Por ese día me fui a casa, pero ni que decir tiene que a penas pude dormir. La sirena se había convertido en mi nueva ilusión. Tal vez conseguiría curarla y luego me llevaría a ver a Neptuno y... bueno, si, estaba divagando una vez más.
El día siguiente de nuevo llevé algo de pescado y además antisépticos y productos para curar sus heridas. También me puse unos guantes por si intentaba morderme o algo...
Estuve en la cueva, y allí seguía ella. Tenía un aspecto ligeramente mejor que el día anterior, pero de nuevo me atacó cuando intenté curarla. No obstante desinfecté todo lo que pude hasta que la situación me pareció realmente peligrosa.
Y así día tras día la sirena iba mejorando, cada vez estaba un poco mejor, y cada vez se mostraba un poco más confiada. Como algo progresivo y natural se fue estableciendo la comunicación... esto... más bien se establecieron los sonidos guturales por su parte y las palabras por la mía. Es sorprendentemente difícil entenderse con personas de otros idiomas, ¿verdad? Pues no veas con otras especies... A veces parecía mostrar algo similar a una risa, se la veía feliz. Incluso comenzó a 'aullarme' canciones, unas canciones tan bellas que si hubieran tenido letra se habrían estropeado. Mi tiempo con ella cada día se dilataba más, muchas veces ni siquiera quería regresar a mi solitaria casa. Aquella cueva se estaba convirtiendo en mi hogar. Descubrí a cuanto puede llegar el entendimiento sin palabras... Y que la comunicación más profunda que existe prescinde por completo de ellas...
Ya la cosa era grave; estar con ella parecía un bello sueño, y mi casa una cárcel de agorafobia. Pero a veces recordaba la fatídica realidad: Debía regresar para traer comida, y eventualmente para comprarla (vivía prácticamente a base de conservas, de forma que podía comprar para meses o incluso años).
Pero una vez ocurrió algo inesperado: La sirena ya podía moverse bien, parecía recuperada. En ocasiones se zambullía en el lago de la cueva, daba saltos, hacía piruetas,... y yo aplaudía y le daba vítores emocionado. Pues bien; esa vez me trajo un pez. Claro, tenía sentido que fuera depredadora y cazara peces para comerlos. Pero yo, comer un pez crudos... Ella tenía otro pez, y me mostró como comerlo. Se lo tragó completamente con espinas y todo, tal vez pretendía que yo hiciera lo mismo. Creo que te estás dando cuenta de que la sirena no era tan parecida a los humanos como suele decirse en las leyendas... En cualquier caso, hice de tripas corazón y comí los trozos que fui capaz del pez, intentando no pincharme con las espinas. Además, la carne cruda (sí, muy alimenticia) estaba durísima. La sirena me traía comida, por lo que comencé a quedarme en la cueva continuamente, día y noche.
Otras veces me daba peces, o erizos de mar, o caracoles, o todo tipo de cosas marinas como regalos. Y otras yo se los lanzaba y ella los atrapaba en el agua, jugando conmigo como dos niños. Llevaba tanto tiempo con ella que se podría decir que estar a su lado era mi hogar. Yo dormía en el suelo de la cueva y ella solía dormir a mi lado, haciéndome cosquillas con su gran cola tan torpe en tierra. Antes de dormir me cantaba esas canciones sin letra, como nanas. Era el sonido más bello que nunca pude oír. Si le enseñara a hablar seguramente sería capaz de aprender, pero sería un desperdicio. Los sonidos que emitía, lo que me decían sus ojos... eso era hablar. Cualquier palabra que pudiera aprender sólo haría perderse la magia. Así que ya no hablaba, sólo hacía sonidos al igual que ella, y usaba gestos y miradas, como ella.
Curiosamente, ahora los papeles se habían invertido; era yo el que estaba dentro de la cueva, y ella venía a alimentarme.
Poco a poco las miradas y gestos fueron dando paso a abrazos, besos y caricias. No había palabra, no había mentira. Nuestro amor era sincero y natural.
En una ocasión se me ocurrió intentar cogerme de ella mientras nadaba, como los instructores de delfines que se agarran a sus aletas dorsales. Fue un viaje submarino realmente veloz, y en un momento me llevó afuera de la cueva. Emergimos y estábamos en la poza del principio, donde empezó todo, donde yacía el recuerdo del yo que estaba obsesionado con crear un camino hacia el mar.
<<Si no hubera creado ese camino... nada de esto habría pasado. No te habría conocido jamás. Gracias al cielo que lo hice.>>
Salimos de la poza a mar abierto, y fuimos a navegar. ¿A dónde? ¿Y a quién le importa? Aquí no existen propiedades o fronteras... ¡El mar es nuestro!
Y aquí termina mi historia, la pongo en la botella y la suelto en el mar. Si consigues leerla considérate afortunado, ya que has coincidido en este vasto océano con ella. Cuando termines no la rompas ni la tires. Por favor, métela de nuevo en la botella y vuelve a lanzarla al mar. Así más gente leerá nuestra historia...
Ah, a todo esto... no te he dicho el nombre de la sirena. Se llamaba... bufff creo que no sé cómo escribirlo. Y el mío se me ha olvidado. Dejémoslo en anónimo. Buena suerte, navegante.

Nuestro mar by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
Yo vivía junto al mar, en una casa que me legaron mis padres que se hallaba en lo alto de un acantilado. Nunca había sabido hacer nada, fui siempre un niño rico y no tuve oficio alguno. Pero por alguna razón la fortuna de mis padres desapareció, murieron y me dejaron tan solo esta casa donde poder vivir. Sin criados, sin mayordomos, sin nadie. Yo no soy nadie, y el furioso viento cantábrico era el único que con su melodía da vida a la solitaria casa. Abría las ventanas para hacerlo silbar. El cielo nublado me decía que venía otra galerna, que mi amigo céfiro volvería otra noche a hacerme compañía.
Debo decir que al menos me dejaron comida en mi abandono, para que no muriera de inanición ya que no sabía hacer nada para ganarme la vida. Mi única diversión consistía en un pequeño retel con mango con el cual podría atrapar quisquillas y otros pequeños animales en las pozas. Mas no había acceso al mar desde aquel inhóspito paraje, y teniendo en el sótano un pico y una pala, y sin otro propósito en mi vida, comencé a picar la roca intentando hacer unas escaleras para bajar al mar.
Al principio me salieron callos; y al poco rato ampollas. La sangre, el dolor, el cansancio... todo me daba igual. Ahora el viento tenía un acompañante a la percusión. Con este dueto transcurrieron días, luego meses, luego años... No puedes imaginarte lo fantástico que es, para alguien que no tenía nada que hacer en su vida, estar ilusionado con algo. Quería hacer las escaleras, quería crear mi acceso al mar. Y cada día que pasaba la salitre olía más fuerte; cada día estaba más cerca de conseguirlo. Yo, que nunca había sabido nada... ¡Ahora sabía picar piedra! Tal vez me podrían hacer indefinido en unos trabajos forzados o algo así...
Después de algún tiempo llegué a la misma orilla del mar. Y casualidad (¡perfecta!) que justo a la izquierda de mis rústicas escaleras se hallaba una poza. Una muy buena poza, como de dos metros de diámetro y que parecía ser bastante profunda. Parecía ser demasiado grande como para jugar con el retel (jo, ahora que al fin encuentro una poza... ). Sí, más bien sería un sitio para echar la caña a ver si pescas algo. Además, en ella el agua estaba muy tranquila, así que decidí darme un baño.
Buceé un poco y pude ver una especie de cueva casi en el fondo. Era bastante grande como para poder entrar buceando y dar la vuelta para salir, de modo que me animé a intentarlo. Buceé adentro un metro y luego volví a emerger; luego repetí la operación con dos metros...
Me aficioné a esa particular espeleología y cada día intentaba llegar un poco más allá. Realmente había obtenido capacidad pulmonar, ya podía entrar unos diez metros y volver sin problemas. Ahora me ilusionaba la cueva. De nuevo, era fantástico tener una ilusión por la que vivir. Cada día llegaría más, y alguna vez conquistaría el fondo. Tal vez estuviera en las profundidades de la Tierra, o tal vez tuviera otra salida en algún lugar desconocido...
Cierto día llegué a un punto en que veía algo de luz. Decidí arriesgarme y acercarme un poco más... y ¡lo logré! Salí a una gran estancia dentro de la cueva, con un agujero arriba por donde entraba la luz. Salí del agua y pisé un suelo de roca lisa, a diferencia de los afilados acantilados de la orilla. Había conseguido mi meta. Pero pensé que tal vez eso significaría quedarme sin ilusión; cuando tuve un hallazgo que me dejó atónito: Una... ¿qué? ¡Una cola de pez... gigante! que iba ascendiendo hacia el lomo, ya escondido tras una roca.
Rodeé el obstáculo para poder observar al gigantesco pez... Era una sirena.
Parecía muerta, o dormida, no sabría decirlo bien. Su piel tan blanca como la nieve bien podría ser de un muerto, o de una belleza caucásica. Intenté hablarle:
"¿...Hola...?" "Hey, hola, ¿estás bien?" "¡Heyyy! ¿Puedes oírme?"
Lentamente abrió los ojos, e hizo un sonido gutural (lo que tendría sentido considerando que se trataba de un ser mitad humano y mitad pez) que no pude comprender. Parecía estar enferma, o debilitada. Diría que no podía moverse. A continuación la examiné con más detalle, y pude ver las heridas en sus aletas, en los costados de su 'mitad de pez' y en sus brazos. Probablemente habrían sido causadas por redes de pesca, o basura que la gente despreocupada tiramos al mar. En ese preciso momento me juré que no volvería a tirar basura al mar nunca más.
De verdad, parecía muy débil. Necesitaba comer algo. Suponía que algo como pescado o similar... En mi casa sólo había conservas, pero podrían servir de algo. El hecho de tener que pasar otras dos veces por el largo pasillo submarino me provocaba pereza y algo de temor, pero no había tiempo que perder. Fui a por varias conservas de pescado y un abrelatas, y me até la lata al abdomen con la misma camiseta. Cuando llegué estaba todavía más exhausto que antes, pero no me importó. Salí del agua y desperté a la sirena. Abrí la lata y saqué algo de pescado de ella, para que no se cortara. Se lo puse delante de la cabeza para que pudiera olerlo.
Efectivamente, movió la nariz como olfateando y acto seguido se abalanzó sobre la comida. La lata era grande pero la volqué entera en el suelo. Mientras se distraía comiendo cogí algo de agua de mar e intenté lavarle las heridas, pero varias veces me amenazó con sonidos ciertamente amedrentantes y una de ellas me arañó (tenía unas garras que para nada eran humanas; vamos, que no era la sirenita en plan Disney...). Logré al menos verter el agua sobre los cortes y arañazos en un intento de desinfectarlos ligeramente.
Allí se quedó toda la lata, pero me llevé el envoltorio haciendo práctica de la nueva promesa que me habia hecho. Por ese día me fui a casa, pero ni que decir tiene que a penas pude dormir. La sirena se había convertido en mi nueva ilusión. Tal vez conseguiría curarla y luego me llevaría a ver a Neptuno y... bueno, si, estaba divagando una vez más.
El día siguiente de nuevo llevé algo de pescado y además antisépticos y productos para curar sus heridas. También me puse unos guantes por si intentaba morderme o algo...
Estuve en la cueva, y allí seguía ella. Tenía un aspecto ligeramente mejor que el día anterior, pero de nuevo me atacó cuando intenté curarla. No obstante desinfecté todo lo que pude hasta que la situación me pareció realmente peligrosa.
Y así día tras día la sirena iba mejorando, cada vez estaba un poco mejor, y cada vez se mostraba un poco más confiada. Como algo progresivo y natural se fue estableciendo la comunicación... esto... más bien se establecieron los sonidos guturales por su parte y las palabras por la mía. Es sorprendentemente difícil entenderse con personas de otros idiomas, ¿verdad? Pues no veas con otras especies... A veces parecía mostrar algo similar a una risa, se la veía feliz. Incluso comenzó a 'aullarme' canciones, unas canciones tan bellas que si hubieran tenido letra se habrían estropeado. Mi tiempo con ella cada día se dilataba más, muchas veces ni siquiera quería regresar a mi solitaria casa. Aquella cueva se estaba convirtiendo en mi hogar. Descubrí a cuanto puede llegar el entendimiento sin palabras... Y que la comunicación más profunda que existe prescinde por completo de ellas...
Ya la cosa era grave; estar con ella parecía un bello sueño, y mi casa una cárcel de agorafobia. Pero a veces recordaba la fatídica realidad: Debía regresar para traer comida, y eventualmente para comprarla (vivía prácticamente a base de conservas, de forma que podía comprar para meses o incluso años).
Pero una vez ocurrió algo inesperado: La sirena ya podía moverse bien, parecía recuperada. En ocasiones se zambullía en el lago de la cueva, daba saltos, hacía piruetas,... y yo aplaudía y le daba vítores emocionado. Pues bien; esa vez me trajo un pez. Claro, tenía sentido que fuera depredadora y cazara peces para comerlos. Pero yo, comer un pez crudos... Ella tenía otro pez, y me mostró como comerlo. Se lo tragó completamente con espinas y todo, tal vez pretendía que yo hiciera lo mismo. Creo que te estás dando cuenta de que la sirena no era tan parecida a los humanos como suele decirse en las leyendas... En cualquier caso, hice de tripas corazón y comí los trozos que fui capaz del pez, intentando no pincharme con las espinas. Además, la carne cruda (sí, muy alimenticia) estaba durísima. La sirena me traía comida, por lo que comencé a quedarme en la cueva continuamente, día y noche.
Otras veces me daba peces, o erizos de mar, o caracoles, o todo tipo de cosas marinas como regalos. Y otras yo se los lanzaba y ella los atrapaba en el agua, jugando conmigo como dos niños. Llevaba tanto tiempo con ella que se podría decir que estar a su lado era mi hogar. Yo dormía en el suelo de la cueva y ella solía dormir a mi lado, haciéndome cosquillas con su gran cola tan torpe en tierra. Antes de dormir me cantaba esas canciones sin letra, como nanas. Era el sonido más bello que nunca pude oír. Si le enseñara a hablar seguramente sería capaz de aprender, pero sería un desperdicio. Los sonidos que emitía, lo que me decían sus ojos... eso era hablar. Cualquier palabra que pudiera aprender sólo haría perderse la magia. Así que ya no hablaba, sólo hacía sonidos al igual que ella, y usaba gestos y miradas, como ella.
Curiosamente, ahora los papeles se habían invertido; era yo el que estaba dentro de la cueva, y ella venía a alimentarme.
Poco a poco las miradas y gestos fueron dando paso a abrazos, besos y caricias. No había palabra, no había mentira. Nuestro amor era sincero y natural.
En una ocasión se me ocurrió intentar cogerme de ella mientras nadaba, como los instructores de delfines que se agarran a sus aletas dorsales. Fue un viaje submarino realmente veloz, y en un momento me llevó afuera de la cueva. Emergimos y estábamos en la poza del principio, donde empezó todo, donde yacía el recuerdo del yo que estaba obsesionado con crear un camino hacia el mar.
<<Si no hubera creado ese camino... nada de esto habría pasado. No te habría conocido jamás. Gracias al cielo que lo hice.>>
Salimos de la poza a mar abierto, y fuimos a navegar. ¿A dónde? ¿Y a quién le importa? Aquí no existen propiedades o fronteras... ¡El mar es nuestro!
Y aquí termina mi historia, la pongo en la botella y la suelto en el mar. Si consigues leerla considérate afortunado, ya que has coincidido en este vasto océano con ella. Cuando termines no la rompas ni la tires. Por favor, métela de nuevo en la botella y vuelve a lanzarla al mar. Así más gente leerá nuestra historia...
Ah, a todo esto... no te he dicho el nombre de la sirena. Se llamaba... bufff creo que no sé cómo escribirlo. Y el mío se me ha olvidado. Dejémoslo en anónimo. Buena suerte, navegante.
Nuestro mar by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
domingo, 31 de marzo de 2013
Sueño de un pescador
Es
curioso; lo que para alguien es el sueño más ansiado de su existencia, para
otro alguien es algo trivial, sin importancia. Puede que nunca consigas
entender esos sueños… Pero si estás con ese alguien cuando el sueño se haga
realidad, puede que se cumplan otros tuyos que ni te imaginabas; o que sea
sembrada la semilla de tu propio sueño.
Yo
era un chaval vulgar de un pueblo pequeño, por el que pasaba un río. Todos los
días iba a pescar, intentando obtener presas tan grandes como me imaginaba en
mis fantasías (como, por ejemplo, una carpa gigante con escamas de dinosaurio
en la espalda, tipo al stegosaurus, que tal vez yaciera guardando el pozo más
hondo del río). Mi mundo era todo ensoñaciones, ilusiones puestas en un solo
punto: El puntal de mi pequeña caña de pescar; era de las baratas, se había
roto en algunas ocasiones, con lo que aún era más corta que de nueva. Válgame
decir que yo nunca he sido alto, y la caña apenas me llegaba a la cabeza.
Mientras
acunaba mi mirada con los vaivenes del puntal, movido a la par que el cebo en
la mecedora de las corrientes del río, soñaba despierto. Cientos, miles de
historias fantásticas discurrían por mis ojos; mas no por afuera, no;
secretamente caminaban por dentro de los mismos, donde sólo las podía ver yo.
Cierto
día estaba así de ensimismado, cuando un chasquido de ramas a mi espalda me
sobresaltó. ¿¿?? Era una chica. Tan bella y tan frágil como las damas de mi
fantasía. Pelo castaño claro, ojos azules, piel blanca como la luz del día.
“Hola…”
saludó. “Hola…” respondí bastante sorprendido por la visita, yo que siempre
acostumbraba a estar solo en mis jornadas de pesca.
“Creo
que me he perdido…”
<<¿Que
se ha perdido? ¿En un pueblo tan pequeño…? Anda, no fastidies…>>
“¿No
eres de aquí? ¿Has venido de la ciudad?”
“Eh…
¿ciudad…? N… no recuerdo…?”
Observé
sus ropas. Eran de lo más vulgar, casi de pobre. Estaban sucias de barro.
<<Tal vez se ha caído al bajar una cuesta al venir al río y ha perdido la
memoria por el trauma>>.
“Tranquila,
siéntate. Debes haber perdido la memoria debido a un golpe, pero seguro que
pronto recordarás. Por cierto, ¿dónde está tu casa?”
“¿Casa…?”
Su expresión parecía decir que no se enteraba de nada.
“Está
bien, déjalo. Puedes quedarte esta noche en la mía” <<¿Así, sin más? Mira
que si es una de esas ‘chavalas cebo’ compinchadas con ladrones y luego les
abre la puerta…>> Pero me sentiría extremadamente mal si la hubiera
dejado allí abandonada a su suerte.
El
sol se fue aproximando a las montañas del horizonte, y decidí volver a casa
antes de que la luz desapareciera por completo. “Sígueme, te quedarás de
momento en mi casa hasta que recuperes la memoria”.
Abrí
la puerta y pasé a la cocina. Allí estaba mi madre. “Mamá…”
“¿Qué
tal la pesca hijo?”
“Esto…
he pescado algo inesperado…”
De
pronto sus ojos brillaron:
“¿Sí?
¿Un salmón? ¿Una enorme trucha?”
“No…
Esto.” Le mostré unos cangrejos de río vivos que había cogido. Los ojos de mi
madre se apagaron de nuevo en decepción. “Los dejaré en la pecera, como siempre.
Ah, y esto.” Acerqué a la chica.
“¡Bueno!
¿Pero qué tenemos aquí?”
“No
la atosigues, mamá. No habla mucho. La he encontrado en el río, dice que está
perdida y no recuerda nada. Debe haberse dado un golpe en la cabeza al resbalar
por ahí o algo así, ya ves cómo tiene la ropa”.
“¡Esposo!
¡Mira esto! ¡Mira!”
Mi
padre vino rápidamente ante los gritos: “¿Qué ocurre?”
“Esta
chica quiere quedarse a…”
“¡Por
mí bien! ¡Pero dejadme ver el fútbol!”
Así
la chica fue acogida en mi hogar.
Eran
vacaciones de verano por aquel entonces, y no tenía mucho más que hacer que
irme a pescar. La chica, cuyo nombre no sabíamos ya que ella no lo recordaba,
venía siempre conmigo. Yo solo pescaba, pero ahora no permanecía callado. Le
contaba cosas de mí, de mis cuentos. Todas las historias que había visto
desfilar por mi mente lo hacían ahora por mis labios. Mientras, ella se parecía
al ‘yo habitual’. Se quedaba embobada mirando al agua, a veces sonreía, otras
ponía caras tristes. Al observarla parecía que estuviera viviendo una película
en todo su esplendor, aunque no estaba seguro si era por mis historias o por el
mismo río.
Los
días de estío fueron pasando calurosos, uno tras otro, con el sol que parecía
deslizarse lentamente por las aguas hasta el atardecer.
En
cierta ocasión a mis padres les apeteció ir de excursión al mar.
Mi
caña era demasiado pequeña para pescar en el mar, pero pensé que por qué no
intentarlo. No tenía nada que perder.
Durante
las horas que duró el viaje en coche me eché una larga siesta. Al llegar
cogimos sitio en la playa, mis padres con las tumbonas y la sombrilla y yo con
mis inseparables aparejos de pesca.
“¡Venid
aquí que os dé crema del sol!” Gritó mi madre. “Sí, mamá…”
Cuando
terminó de embadurnarnos (no poco) fuimos, la chica y yo, a un acantilado
cercano. Las olas rompían con una fuerza colosal, tanto que hipnotizaba verlo y
oírlo. Eva (decidí llamar así a la chica de momento) miraba hacia debajo de la
roca, con un gesto de temor. <<Es lógico, anda que si te caes de aquí te
haces nuevo…>> Me senté en el mismo borde, y ella se quedó un poco detrás
miedosa. Saqué uno de los cangrejos de río que había traído vivos del pueblo,
para usarlos de cebo. Lo puse en el anzuelo con mucho cuidado y lancé lo más
lejos que pude con mi caña que parecía de juguete.
Aquel
día el sol te ponía a la parrilla, y pasé las horas asándome, a veces sentado,
a veces tumbado. Creo que hasta me dormí, eso sí, tomando la precaución de
sujetar la caña con el cuerpo. Como esperaba, no pesqué nada. Cuando iba a
llegar la hora límite que me había dado mi madre decidí ir con ellos para no
llevarme una bronca. El viaje de vuelta fue tan tranquilo y silencioso (o más)
que el de ida.
Acto
seguido llegamos a casa, cenamos y fuimos a dormir. Y soñé. Soñé que conocía a
una chica en el río, que la llamaba Eva. Que no tenía recuerdos. Que me iba a
pescar con ella en el mar. Y… Y… <<Calle cortada>>. Podía oír el
murmullo de su dulce voz, pero <<calle cortada>>. Se desvanecía…
<<calle… cortada…>> Quería saber más sobre ello, que había ocurrido
después, gemía, lloraba desesperado ante la negrura de mis recuerdos borrosos.
Entonces desperté sobresaltado gritando su nombre: “¡Evaaa!”
Se
oyeron pisotones apresurados por el pasillo. Mi madre entró en mi cuarto como
una exhalación: “¿Qué sucede, hijo?”
“Eva…
¿Dónde está Eva?”
“¿Eva…?
¿De quién hablas?”
“La
chica que estaba viviendo con nosotros, que iba cada día conmigo a pescar…”
“Ay,
hijo mío…” Mi madre me abrazó con fuerza. “Sólo ha sido un sueño… Anda, vuelve
a dormir.”
Salió
de mi habitación y apagó la luz. Yo sabía que no era así. La luna brillaba en
su apogeo por la ventana. La miré ávidamente, como si quisiera devorar cada uno
de los rayos que emitía.
“No
es posible… No puede ser un sueño…”
Ése
era un pueblo pequeño, y no había muchas personas a las que contar semejante
‘paranoia’. De modo que opté por la forma menos embarazosa de pedir consejo:
Fui a la iglesia y me confesé.
“Padre…
quiero confesarme…”
“Habla,
hijo.”
“Bueno,
a decir verdad vengo a pedirle consejo”.
Le
conté toda la historia. Después, dijo:
“Hijo
mío, estás en una edad complicada. Además eres soñador, y podrías llegar a
confundir los sueños con la realidad…”
Aquello
me decepcionó. Pero:
“No
obstante, creo que podrías encontrar algo en la sección de ‘Mitología’ de la
biblioteca”.
Así
lo hice. Había muchos libros, la mayoría antiguos, sobre ‘mitología griega’,
‘mitología romana’,… Hasta que vi uno: <<Seres mitológicos del
río>>. No tenía nada que perder, de modo que lo hojeé. No encontré nada
que pudiera darme una pista. Volví a dejarlo, hastiado ya de tanto investigar,
y mientras lo metía en su balda vi otro: <<Seres mitológicos del
mar>>. Éste ni me lo llevé, le eché un ojo rápido allí mismo, sin
esperanza de encontrar nada útil.
Entonces
una página me llamó la atención: <<El dios salmón>>. Y leí:
<<El dios salmón sigue la conducta típica de dicho pez. Remonta las
corrientes de los ríos y allí desova. Se dice que si alguien coge uno de sus
huevos, se le aparecerá la cría que vive en él; y que toman la forma de jóvenes
hermosas, que como aún no han nacido no tienen memoria, con lo cual parece que
tengan amnesia…>>
<<…
Los huevos son brillantes como pepitas de oro. Cuando eclosionan, se convierten
en simples crías de salmón>>.
<<Ahhh…
Maldita sea, eso es bastante parecido a…>> Debajo ponía algo más:
<<Existe
una leyenda de alguien que encontró uno de estos huevos pegados dentro de la
cola de un cangrejo de río…>>
<<…
La leyenda más ancestral dice que, si tomas uno de estos huevos en el río y lo
sueltas en el mar, el dios salmón se lo come y la chica desaparece para siempre>>.
“¡Ay!
¡No puede ser! ¡No puede ser verdad!”
La
bibliotecaria me miró: “Por favor, no alces la voz, estamos en la bibilioteca”.
“Sí…
lo siento.”
Corrí
a casa.
“¡Mamá!”
“¿Qué
sucede, hijo? ¿Por qué gritas?”
“¡Mañana
tenemos que ir a la playa! ¡Por favor!”
“Hummm…
no sé, ya fuimos el otro día. Se lo comentaré a tu padre”.
“Querido,
mañana podríamos ir a…”
“¡Vale,
vamos a donde quieras, pero déjame ver el fútbol!” (típica respuesta de mi
padre, no sé si ni siquiera había fútbol realmente en la tele).
A
la mañana siguiente salimos pronto hacia la playa. No me entretuve, cogí mis
aparejos y fui a la misma roca donde había sucedido todo.
<<Los
cangrejos que usé de cebo. Puede que alguno de ellos lo tuviera…>>
Me
senté en el borde del acantilado. Y si el dios salmón se había comido a Eva,
¿cómo se suponía que iba a recuperarla? Tal vez si hablara con el dios… Porque
el dios salmón hablaba, ¿verdad…? Me tumbé boca abajo, sacando la cabeza del
acantilado, y miré hacia abajo, hipnotizado. A la izquierda vi una pequeña cala
y en ella una balsa muy rústica hecha con unos palos gordos y algunas cuerdas.
No lo pensé más: Bajé por un camino de cabras y la cogí. También tomé un palo
largo cercano a modo de remo, y me metí al agua.
¿Hasta
dónde tendría que navegar para encontrar al dios salmón? ¿Había venido hasta la
orilla para comerse el huevo? ¿o la corriente lo había arrastrado hasta las más
lejanas profundidades? Remé unos cincuenta metros mar adentro. Luego hasta unos
cien. El color del agua cambió a un azul oscuro que denotaba gran profundidad.
El oleaje no era muy fuerte, pero empecé a sentir algo de miedo.
“¡Dios
salmón! ¡He venido a hablar contigo! ¡Soy el que trajo tu huevo de vuelta!”
Las
olas empezaron a crecer lentamente. Mi miedo se incrementó. Si las corrientes
me llevaran mar adentro… De pronto noté un desequilibrio, y el sonido del agua
chapoteando contra la parte inferior de la balsa. Me había parado sobre una
roca… No. Era él. Un salmón inmenso de unos diez metros estaba levantando mi
embarcación con el lomo.
“Ya
veo, así que tú encontraste uno de mis huevos. ¿Y por qué lo trajiste?”
“Lo
traje por error, de hecho ‘ella’ era mi amiga. Y he venido para recuperarla.
Por favor.”
“JAJAJAJA…
No me hagas reír. ¿Sabes que en cuanto eclosione se convertirá en una cría de
salmón, vulgar y corriente?”
“Sí,
eso he leído”.
“¿Entonces,
para qué la quieres?”
“Porque
ella es mi única compañera cuando pesco, sólo ella escucha y siente cada una de
las historias que le cuento. Veo como le brillan los ojos, como es capaz de
soñar despierta, como yo”.
“Humm…
¿De modo que eres tú quien le ha contado todas esas historias? Debo admitir que
son interesantes, o al menos, las que he escuchado. Está bien, puedo
devolvértela, pero a cambio prométeme que le contarás todas las que puedas”.
“Trato
hecho.”
El
dios abrió la boca y allí estaba Eva, y bajo ella la ‘pepita de oro’, el huevo.
La
tomé y le dí las gracias. Y antes de que se fuera:
“¡Dios
salmón!”
“…”
“¡Gracias
por existir!”
Volvimos
juntos con mis padres.
“¡Venga,
chavales, vamos a comer!” Dijo mi padre. Ninguno de ellos mostró extrañeza
alguna ante la presencia de Eva, de repente parecía ser algo natural.
Volvimos
a casa, y me pasé la noche contándole historias. Todo volvía a ser como antes.
Pero ahora tenía miedo. Miedo de que el huevo eclosionara, y la chica que tanto
trabajo me había costado recuperar, me abandonara para siempre.
“No
me dejes… no quiero irme más…” murmuraba Eva, tumbada junto a mí.
Me
levanté de madrugada, y tomé una decisión muy arriesgada. Cogí el brillante
huevo y lo metí al congelador. <<Mientras esté congelado no madurará, así
Eva seguirá siendo Eva>>. El experimento fue un éxito, y adopté ese
método: Lo dejaba en el congelador, entonces Eva desaparecía. Más tarde lo
sacaba y lo descongelaba con agua templada. Entonces Eva reaparecía junto a mí
y me daba un fuerte abrazo, dispuesta a escuchar mis relatos. Cuando no estaba
mis padres simplemente la olvidaban, como si nunca hubiera existido.
A
ella no parecía molestarle aquella atrocidad: Congelarla y descongelarla todos
los días. Parecía que tan sólo quería estar conmigo, escuchar mis historias.
Pero algo empezó a ir mal: Estaba perdiendo la memoria, ahora más de lo
habitual. No conseguía recordar las historias que le contaba, y en ocasiones me
miraba como extrañada. Nunca debí congelarla. Decidí irme al río y poner allí
una tienda de campaña. Así ella podía estar en su medio natural, y mientras
escuchar mis historias. Mejoró notablemente, y todo volvió a ser como al
principio. Sus oídos atentos a mi voz, sus ojos fascinados de ilusión. Pero el
tiempo se estaba acabando, y comenzó a desaparecer. Probablemente eso
significaría que yo también la olvidaría, al igual que mis padres.
“¡No
quiero! ¡No quiero irme, quiero quedarme contigo! ¡No quiero que me olvides…!”
Se
me partía el alma, pero así era como debía ser. El huevo eclosionaría, y se
convertiría en una cría de salmón. Debía echarlo al agua pronto, o no
sobreviviría. Debía… debía… caí dormido dentro de la tienda, vencido por el
cansancio.
Y
aquí estoy, soñando de nuevo con el pasado. Congelado en un ataúd criogénico,
sólo yo y mi pepita de oro. Eva y yo, siempre soñando juntos. Es cierto; creo
que comencé hablando de sueños. ¿Qué cuál es mi sueño? Estar siempre con ella.
Ah, ya recuerdo… Ella no quería irse de mi lado, de modo que la congelé. Y para
no olvidarla jamás, tatué su nombre por todo mi cuerpo, también dibujé su
silueta en todas las paredes de mi casa. Pasaron años, y más años… Ahora siento
remordimientos por un pez que nunca llegó a nacer. Alguien que no comenzó la
vida, con alguien que la terminó… Fuimos egoístas, muy egoístas con nuestro
destino. <<Eva, ¿te cuento otra historia?>>
Sueño de un pescador by Ignacio García Pérez is licensed under a Creative Commons Attribution-ShareAlike 3.0 Unported License.
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