viernes, 9 de noviembre de 2012

Alas y Cadenas


  Éste es un antiguo relato que aún no había publicado en este blog. Muy romántico... snifff ToT
Es una tarde de otoño, y está nublado. Dos niños, aparentemente de unos 15 años, pasean por la oscura ciudad. -¡Sí, eso fue lo que pasó! ¿Verdad que es gracioso?- Decía Suzume, la niña, a su amigo Hiroshi. Hacía fuertes aspavientos, como si quisiera despertar un furibundo interés en el tema. Estaba contándole lo que ocurrió en un capítulo de anime que había visto la noche anterior. Hiroshi parecía más centrado en ella que en el relato; la miraba, asintiendo y sonriendo, viendo su rostro alegre... ¡pongggg! Se dio un golpe con una señal de tráfico que estaba en la acera.

-…¡Hiroshi! ¡¿estás bien?! -Gritó Suzume preocupada- ¡Deberías fijarte, por lo menos, por dónde andas, intenta prestar un poco de atención! ¿A dónde se supone que estabas mirando?
-... Esto... lo siento, me despisté. Estaba escuchando tu historia tan interesado que no me di cuenta de la señal -dijo, sacando la lengua a la vez que guiñaba un ojo y se rascaba la nuca en señal de torpeza.
<<mentira podrida...>>, pensó él mientras le decía eso; <<...tenía los ojos tan perdidos en tu belleza que no hubiera reaccionado ni aunque pasara una manada de búfalos...>> Mientras pensaba eso, comenzó a reírse como un niño pequeño siendo travieso. -¿Qué ocurre? ¿qué te hace tanta gracia? Te digo que debes estar más atento, porque me preocupo por tí, y encima tú te ríes... -Decía Suzume con los carrillos hinchados en señal de enfado. 
 
-¡No, no lo malinterpretes! Sólo recordé algo gracioso...!
Suzume y Hiroshi eran íntimos amigos de la infancia y compañeros de clase, ambos iban a primer curso de secundaria. Suzume es de mediana estatura, tiene una piel blanca como la nieve y pelo castaño, y su semblante es realmente bello y delicado. Hiroshi es más o menos de su misma altura; para ser un chico, es más bien pequeño, y “del montón”. Su única cualidad destacable podría ser “confiable y fiel”. Cualquiera con un poco de perspicacia que los hubiera visto juntos habría adivinado que estaba enamorado de ella; pero tal vez no habría leído en la divertida expresión de la chica lo enferma que estaba. 
 
Tenía una de esas “enfermedades raras” de origen desconocido, y a causa de ello su salud era bastante frágil. Por ello faltaba muy a menudo al instituto, y solía tener profesores particulares en casa para no quedarse atrás en los estudios. También tenía que asistir ocasionalmente al hospital para que le hicieran pruebas sobre su enfermedad. No tenía amigos en el instituto, debido sobre todo a su ausencia; aunque también influía su carácter, ya que ella “se sentía mal consigo misma” por estar tan enferma, por haber nacido tan débil que causaba problemas a todo su alrededor.
Sin darse cuenta, Suzume se había quedado embobada pensando eso, y sus ojos estaban ahora perdidos y tristes. Hiroshi vio esa mirada, y pensó: <<maldita sea, de nuevo se está obsesionando porque no tiene amigos>>. Aunque la chica lo disimulaba, él sabía que daría lo que fuera por ser aceptada por las demás personas. 
 
Raras veces se lo había contado, a penas lo había insinuado, pero sabía también que no se lo decía para no hacerle daño, para no causarle problemas. Porque no quería que él se sintiera incómodo u obligado a buscar amigos para ella, o que la gente lo aislara como a ella. Tampoco quería menospreciarlo como amigo, diciendo algo como “necesito otros amigos”. Era ese tipo de persona, así de amable, y él lo sabía. No en vano eran amigos de la infancia.
-...Suzu-chan... ¡ey, Suzu-chan! -la chica despertó de pronto de su letargo dando un respingo- ¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras bien?
Justo entonces ella recordó al “pequeño demonio” Hiroshi, que había permanecido con ella todo el tiempo desde que tenía memoria, y las lágrimas brotaron de sus lindos ojos marrones... <<¿por qué lo hace? ¿por qué no me evita como el resto de la gente? Me siento tan mal por él, teniendo que estar cuidando de mí...>>

Y de pronto... -¡Excursionista perdido en las montañas! -cantó Hiroshi, al tiempo que dirigía una de sus manos rápidamente hacia los pechos de ella-. Sus ojos cambiaron instantáneamente y se encendieron, al tiempo que le propinaba una sonora bofetada y gritaba: -¡Maldito pervertido, en verdad sigues siendo un pequeño demonio! ¡Ah, ya veo, estás tan atontado pensando en guarrerías que te pegas con las señales y encima no escuchas nada de lo que te digo! Hiroshi ponía una sonrisa estúpida, como de no saber qué excusa poner, lo que hacía que ella se enfureciera aún más.

Siguieron caminando y llegaron a la casa de Suzume. -Bueno, yo me quedo aquí. Aunque no te las mereces, gracias por acompañarme –dijo, con los papos hinchados de nuevo. Su casa era un chalet de dos plantas, se podría decir que sus padres eran adinerados. Entró en la valla y la cerró por dentro, y saludó con la mano a su amigo para despedirse. Él, por su parte, emprendió también el viaje hacia su casa.
Suzume sacó las llaves de casa y entró. Se apoyó en la puerta tras cerrarla y sonrió:-El pequeño demonio siempre sabe hacer que se me vayan las preocupaciones, aunque sea un “maldito pervertido” -dijo riéndose, al tiempo que en la punta de su lengua notaba un familiar sabor salado-. Estaba riendo y llorando a la vez. <<¿Por qué? ¿Por qué se preocupa tanto por mí, que no valgo para nada, que estoy tan enferma, y ni siquiera puedo hacer amigos?>> El sentimiento de culpabilidad “por ser así” la invadió de nuevo. 
 
Amaneció el día siguiente. Hiroshi se levantó, se dio una ducha y desayunó. Se despidió de su madre y fue hacia el instituto. Vivía con su madre en un humilde edificio de apartamentos de cuatro pisos de altura, ya que su padre había muerto. Bajó las escaleras y salió del portal, viendo con una sonrisa el brillante sol de la mañana. Como Suzume sólo iba a veces al instituto, y casi siempre la llevaba su madre en coche, él estaba acostumbrado a hacer el camino solo.

Llegó a clase y saludó a los compañeros. Ahí estaba su grupo habitual, todos ellos miembros del “club de mitología”. Alguien que no los conociera de nada podría decir que eran “un grupo de 'frikis' que se dedicaban a estudiar la mitología en general, compuesto a partes iguales por otakus, empollones y roleros”. (Aunque Hiroshi, más que entrar en alguna de esas categorías, era un chico que “soñaba despierto”). Estuvieron hablando de lo que había investigando cada uno, y que después de clases recogerían en una gran base de datos que estaban formando, en el ordenador que había en la sala del club.

Transcurrió el día y Hiroshi salía del club. Como siempre, se encaminó hacia la casa de Suzume para ir a caminar con ella y hablar un rato (aunque en realidad lo que quería era ver su rostro sonriente, ya que para él no existía nada más bello). Llegó allí y llamó a la puerta, esperando tranquilamente a que saliera su amiga. Pero no fue así; en su lugar apareció su madre, con los ojos rojos y una especie de media sonrisa de “hacer de tripas corazón”. (Al igual que Hiroshi, Suzume había perdido a su padre). El muchacho tuvo un mal presentimiento, y saludó con un suave “buenas tardes”. 
 
-Hola, Hiroshi-kun; pasa, por favor.- La madre de Suzume estaba siendo extrañamente educada, o formal. Esto solo aumentó su inquietud. Siguió a la mujer hasta el salón principal de la vivienda. Allí estaba esperando su propia madre, sentada en el sofá. El presentimiento que tenía ya había tomado forma. -¡¿Qué ha ocurrido?! ¡¿Dónde está Suzu-chan?!
Su propia madre lo observaba con cara de preocupación: -Tranquilo, Hiro-chan, cálmate.
-¡No! ¡Quiero saber qué le ha pasado a Suzu-chan! Porque le ha pasado algo, ¿verdad? Algo ha ocurrido, ¿verdad? -Hiroshi no podía contener la ansiedad, y su madre repentinamente se levantó de su asiento y le propinó una bofetada. El joven enmudeció de inmediato.
-Escucha con atención –prosiguió su madre– Suzume-chan ha tenido un problema y está ingresada en el hospital. -Los ojos del muchacho se abrieron como platos.- ¡Escucha, maldita sea! Si te vas a dejar vencer por la ansiedad no vas a conseguir nada. Sabes como todos de la condición de ella, y que esto antes o después iba a ocurrir. Debes apoyarla en todo lo que puedas y no venirte abajo; en este momento todos debemos ser fuertes por ella. 
 
Hiroshi estuvo pensativo durante algunos instantes... -Está bien, lo entiendo. Siento haberme comportado como un chiquillo. Prometo apoyarla en todo lo que pueda, y pase lo que pase. Ella ha sido mi mejor amiga desde siempre, y no la voy a fallar ahora.
Al oír esto, la madre de Suzume se acercó al chico y comenzó a soltar lágrimas: -Por favor, Hiro-chan, la dejo en tus manos. De verdad confío en tí, al igual que ella. Sé que puede ser una gran responsabilidad para un chico de tu edad, pero... por favor, ella no tiene más amigos, y hay cosas de ella que sólo alguien de tu edad –corrigió– no, que sólo tú puedes entender.

Hiroshi veía la mirada de súplica de ella, que se enfocaba directa en sus ojos. No pudo remediarlo, éste sin duda alguna era uno de esos momentos de “honor”, como cuando la reina te nombra caballero. Estaba profundamente consternado por lo que había ocurrido, pero la parte de él “amante de la mitología” no pudo evitar sentirse honrada por el juramento que la mujer le estaba pidiendo. Hincó la rodilla frente a la desesperada mujer, se puso la mano en el pecho, y dijo, alto y claro:
-Yo, Izumi Hiroshi, prometo que protegeré a Suzume hasta mi último aliento.
Pensó que lo que había hecho algo raro, que a cualquiera le parecería una tontería y que le iban a reprender por hacer eso en un momento como aquél. Pero no fue así. Ambas mujeres de golpe lo abrazaron. La madre de Suzume rompió a llorar, diciendo algo como “gracias”, y la suya sollozaba ligeramente mientras le dijo “te estás haciendo un buen hombre”.

Sin perder más tiempo, se dirigieron al hospital. Preguntaron por la paciente en información, y la chica les indicó que se encontraba en la habitación 204, en el segundo piso.
Entraron sigilosamente y allí estaba Suzume, conectada a algunas máquinas. Hiroshi hizo lo que pudo para aceptar la desgarradora escena. Junto a la camilla se encontraba una enfermera.
-¿Qué es lo que le ocurre? -preguntó Hiroshi-.
-Ella ha caído en coma profundo.
Aunque eso le afectó, había decidido que permanecería en calma, pasara lo que pasara.
-¿Y cuándo va a despertar?
-No se puede saber, podría tardar unos pocos días o muchos años.
Los tres quedaron impactados por aquellas palabras, ambas mujeres sollozaron. Hiroshi sentía una determinación que nunca antes había conocido, y se sentó en la cama junto a ella.
-Dejémosles un momento a solas, dijo inesperadamente la madre de Suzume. La otra madre se sorprendió un poco, pero no objetó. La enfermera asintió rápidamente y salió con ellas.

Hiroshi comenzó a hablar, sosteniendo su pálida mano: -Voy a hacer que se cumpla tu sueño, así que por favor, pon tu mejor esfuerzo en despertar. Siempre voy a ser tu pequeño demonio, ya que te amo más que a nada en el mundo. Cuando tú abres los ojos sale mi sol, por favor mírame otra vez, pues hasta que despiertes viviré en noche perpetua. Si acaso soy algo importante para tí, no dejarás que viva a oscuras mucho tiempo, ¿verdad? -dijo mientras posaba la cabeza en su estómago, que se mojó de lágrimas.- Te lo prometo, voy a cumplir tu sueño. Es mi palabra de honor, no importa lo que me lleve.
Acto seguido le dio un beso en la frente, notando su piel suave como la seda.

A partir de entonces, Hiroshi iba todos los días al hospital después del instituto, para ver a Suzume. Así fueron pasando semanas, meses, hasta más de un año. Normalmente le contaba lo que había ocurrido en su día de colegio, como siempre lo había hecho. A veces también le contaba historias de mitología, de caballeros valientes, de dioses, y algunas que él mismo inventaba. Y también le leía algunos poemas que le escribía.

En cierta ocasión le estaba contando una historia sobre ella misma: Trataba de un gorrión (Suzume significa “gorrión”), cuyas alas fueron fuertemente atadas por las cadenas del destino. La pequeña ave estaba abocada a su cruel suerte, ineludiblemente. Las cadenas eran de acero irrompible, pero “por fuerte que sea el acero, puede ser fundido con calor”. De manera que el gorrión, atrapado pero vivo, gorjeaba fuertemente suplicando calor que le liberara de su fría prisión de acero.
Entonces apareció una generosa fuente (Hiroshi significa “generoso”, e Izumi “fuente”) de lava que le dio su calor, y el gorrión se pudo liberar.

Hiroshi abrazó fuertemente a Suzume. -Yo soy tu fuente; fundiré las cadenas que te aprisionan con mi calor. No tengas miedo, mi gorrión, despliega tus alas.
Pasó un momento, y nada. Nada ocurría. <<Claro, sólo sigo soñando despierto, como siempre he hecho>>, pensaba mientras una lágrima surcaba su mejilla. <<No puedo soportarlo más>>; la besó en los labios, que se mojaban con el agua de sus tristes ojos. Aquel tacto, como pétalos de flor, no parecía de este mundo.
-¡¡¡¡¡¡¡ehhh??!!!!
Ella lamió el agua que había caído en sus labios. Comenzó a parpadear, y Hiroshi no podía dejar de llorar. Sus ojos lentamente se abrieron... -¡¡ ...Suzu-chan....!!
Ella miró directamente a los suyos: -Mi fuente, has fundido mis cadenas. Si estoy contigo, podré volar.
Él la abrazó más fuerte que nunca. -¡Estaré contigo, siempre estaré contigo! ¡Te quiero más que a nada, y no te voy a dejar nunca!

Al oír los gritos, la enfermera entró en la habitación para decirle que se callara, pero cuando abrió la puerta se le cayó la bandeja que llevaba. -¡Doctor, doctor! ¡Venga, rápido! ¡La paciente de la 204 ha despertado!
Suzume empezó a preguntar... -¿Dónde estamos? ¿Qué ha pasado? ¿Esto es un hospital?
Hiroshi no podía contarle nada, según le había dicho el médico, para evitar el shock, al enterarse de que había pasado más de un año. Simplemente preguntó: -¿No recuerdas nada?
-Recuerdo tu voz; tuve un sueño muy largo y tu voz me hablaba en él. Muchas historias aparecían en mi sueño. También recuerdo que yo era un gorrión encadenado... “gorrión...” -De pronto se abrieron sus ojos de par en par y abrazó fuertemente a Hiroshi. Comenzó a llorar...- Yo siempre he sido el gorrión...

<<Bueno, al menos parece que ha entendido algo>>, pensó Hiroshi.
Suzume dio otra mirada a la habitación, y vio numerosos objetos: muchos ramos de flores, carteles de “collage” que decían cosas como “¡ánimo Suzume, ponte bien!”, peluches,... y todo tipo de regalos por el estilo. Durante un momento se quedó boquiabierta, y luego dijo: -¿...Y todas estas cosas...?
-¿Pues de quién van a ser...? ¡De tus amigos, claro!
-¿De mis amigos...? ¿qué amigos?
-De tus amigos de clase, por supuesto.
-Pero si yo apenas voy a clase...
-Puede, pero en cuanto se enteraron de lo que te había pasado, todos vinieron a verte. Están preocupados por tí y quieren que vuelvas a la escuela lo antes posible.
-¿Lo que me había pasado...? ¿Qué fue lo que me pasó?
-Esto... <<¿ahora qué le digo? … buf, menos mal...>>
-¡¡¡Suzu-chan!!! -Llegaron las madres de ellos dos.- ¡¡Hija mía!! -su madre la abrazó con fuerza y la cubrió de besos.- ¡Gracias, Hiro-chan! ¡Gracias, doctor! ¡Gracias a todos! -Hiroshi abrazó a su madre llorando de alegría.

Después de algunos días Suzume se había tranquilizado, y entre todos le fueron explicando poco a poco lo que había ocurrido. Finalmente lo comprendió, y sorpresivamente no le causó mucho impacto. Parece ser que a partir de la historia del gorrión encadenado, ella ya había podido entender parte de lo que le había ocurrido; y en los días siguientes, se fue cincelando la realidad en su mente.
En poco tiempo comenzó a dar paseos por el hospital, en una silla de ruedas. Día tras día asistía a rehabilitación, y por las tardes Hiroshi la sacaba de paseo. Era una tarde apacible, y él iba conduciendo la silla por el parque del hospital.

-¿Quieres ver cómo ando?- le dijo ella.
-No sé... ¿de verdad puedes andar?
-Sí, tú tan sólo espérame junto a esa farola- señaló un poste que estaba a unos cinco metros de la silla.
-Pero, ¿tanto?
-¿Crees que no puedo?- Insinuó ella, mientras hinchaba los carrillos como en los viejos tiempos. Ante eso él sonrió reconfortado y los dos rieron.
-De acuerdo, intentémoslo.- Como habían acordado, él se quedó de pie junto a la farola.
-¡Allá voy!- Pesadamente se levantó de la silla, y comenzó a andar muy lentamente, casi arrastrando los pies, hacia él. Hubo un momento en que casi se cae, y él se movió en ademán de cogerla. Ella se irguió por su cuenta: -¡No me ayudes, debo conseguirlo sola! ¡voy a demostrarte que me estoy esforzando en mi rehabilitación!- Y continuó... un paso más, luego otro... Hiroshi la esperaba expectante, con los brazos abiertos, y ella le miraba fijamente, como si nada más existiera. 
 
Dio el último paso y él abrazó su cuerpo jadeante. -Bien hecho, te estás esforzando mucho.
-¿Verdad?- dijo ella sonriendo, lo que hizo que a él se le saltaran los colores. <<Sigue siendo igual de bella... o puede que aún más.>>

Durante las semanas siguientes continuó la dura rehabilitación. Suzume estaba muy feliz, pues mucha gente venía a visitarla, nunca antes había podido relacionarse tanto. Incluso sus compañeros de clase (de su antigua clase, ya que durante un curso no se había matriculado) fueron allí y le dieron ánimos y llevaron regalos. Aunque al principio le costaba mucho comunicarse con las personas por la falta de costumbre, poco a poco sus amigos la fueron ayudando, contándole cosas graciosas que ocurrían en el instituto y escuchando las historias que ella relataba sobre sus recuerdos con Hiroshi.

Llegó el día del alta médica, y todos fueron allí a celebrarlo en el patio del hospital, le dieron muchos abrazos y una medalla que decía: “¡a la chica más valiente, enhorabuena por tu recuperación!”.
Los estudiantes, un poco traviesos, empezaron a corear “¡que hable Suzume!”
Ella de la emoción tenía los ojos encharcados, pero empezó a hablar, con la voz un poco temblorosa: -Quiero daros las gracias a todos; sin vuestro apoyo nunca me habría recuperado así. Os estoy muy agradecida por vuestra paciencia y comprensión y por no olvidaros de mí. Yo... estoy muy feliz... nunca había tenido amigos... las lágrimas ahogaron sus palabras, y el ambiente se inundó de los aplausos y silbidos de todos.

Acto seguido, hubo miradas de complicidad entre algunos estudiantes, y el delegado de la clase asintió ligeramente. Entonces los alumnos corearon de nuevo: “¡que hable el delegado!”
-Vale, vale. Está bien, hablaré ya que insistís. Quiero hacer una mención especial a Hiroshi, por todo el esfuerzo que ha puesto durante este año y medio. Hiroshi lo miró con los ojos muy abiertos, haciendo una mueca exagerada como de “¡no, no!”
-¿Esfuerzo? ¿a qué te refieres?-preguntó Suzume, y de repente todos se quedaron muy callados. Hiroshi miraba al delegado con ojos inyectados en sangre.
-Esto... por venir a visitarte, y eso, claro, y estar tanto tiempo contigo... Había un rastro de incomodidad en el ambiente. Apresuradamente Hiroshi gritó:
-¡Hagamos un brindis!- Y todos estuvieron de acuerdo: “¡¡¡por Suzume!!!” 
 
Así terminó su estancia en el hospital. Aunque le había quedado un ápice de duda sobre el comentario del “esfuerzo”, Suzume decidió que no indagaría más en el tema.
La chica volvió por fin a casa. Le dijo a su madre que quería ir al colegio; no le importaba si tenía que retomarlo un curso atrás de sus compañeros, ella se lo debía a todos por su esfuerzo y apoyo.
En poco tiempo llegó el primer día de instituto. Mucha gente la estaba esperando, y le dieron la enhorabuena cuando llegó. <<Sólo les falta pedirme autógrafos>>, pensó ella. 
 
Los primeros días de clase fueron realmente duros, estaba cansada y además tenía que compaginarlo con clases particulares en casa, para recuperar el tiempo perdido. El propio director de la escuela le dijo que, por ser un caso excepcional, se le permitiría hacer un examen especial para tener acceso al mismo curso que sus mismos compañeros, como si no hubiera perdido ningún año. Sabía que iba a ser duro; pero tenía la determinación y no se echaría atrás. Tomaría todas las clases necesarias, se esforzaría al máximo e iría al examen. 
 
Ciertamente, era extraño. Antes de caer en coma, apenas tenía motivación para vivir (incluso, le pasaba por la cabeza que tal vez por esa falta de motivación fue que cayó en coma). Pero desde que se despertó era como si tuviera “hambre de vivir”. ¿Qué cambio había ocurrido mientras estuvo en coma? Puede, sólo puede, que todas las historias que Hiroshi le contó mientras permanecía inconsciente tuvieran algún efecto en ella. Puesto que se trataba de un muchacho que “soñaba despierto”, seguramente creía en el poder de un buen relato.

<<No lo pienses demasiado>>, se dijo a sí misma, y decidió que miraría su correo electrónico; <<buff, estará hasta arriba de propaganda, pero cuanto más tarde en abrirlo peor será>>, se dijo a sí misma riendo, y entró en la web. Tal y como había pensado, casi todos los correos en la bandeja de entrada eran de propaganda, y estuvo un buen rato borrándolos.
Luego fue a la página de inicio y puso el correo de Hiroshi. Él se jactaba de que la conocía muy bien, pero esto era recíproco; el pequeño demonio no tenía secretos para ella. En la contraseña escribió “gorrión” y... ¡bingo! 
 
Inspeccionó (o más bien fisgó) la bandeja de salida, y buscó los correos enviados durante los últimos dos años. En la lista aparecieron muchos enviados a los alumnos de la clase, en una fecha cercana a cuando ella cayó en coma. En principio no parecía algo fuera de lo normal; por simple curiosidad abrió uno al azar, y leyó: “Tengo que pedirte un favor; es a cerca de Suzume-san, una chica de nuestra clase que no suele asistir porque padece una rara enfermedad. De verdad lleva muchos años luchando contra ella, pero ahora ha caído en coma y necesita todo el apoyo posible de sus compañeros. Necesito que seas su amigo y la apoyes, aún si no la conoces lo suficiente. Por favor, su vida está en juego.”

Lo que sus ojos acababan de leer le cortó la respiración. Sus pupilas se contrajeron rápidamente y su lindo rostro se desfiguró en un estallido de ira; comenzó a jadear agitada. <<Todo... ha sido una farsa. Desde el momento en que desperté y me sentí tan feliz... Mis amistades... no, todo lo que “él” me ha dicho es una gran mentira. Le doy tanta pena que ha tenido que mentirme para que mi vida no sea tan miserable...>> Lágrimas de angustia cortaban sus mejillas, rodeando sus bonitos labios que ahora dibujaban una sonrisa demente.
Aquella tarde, Hiroshi fue “obligado” a hacer de porteador para su madre y la de Suzume, que habían decidido salir de compras. Con cara de resignación, el muchacho dejó pesadamente las bolsas junto a la puerta de la casa. La madre de Suzume sacó las llaves y la abrió. 
 
-Deja las bolsas en el salón, por favor.- El muchacho obedientemente así lo hizo. Necesitaba ir al baño, que estaba en el piso de arriba; subió directamente las escaleras sin pedir permiso, ya que había confianza de sobra para no hacerlo. Al llegar al piso superior, de pronto la puerta de la habitación de Suzume se abrió drásticamente y salió ella con los ojos llorosos y el rostro rojo como un tomate.
-Hola, Suzume, ¿qué te ocurre? -dijo él visiblemente preocupado.-
-¡Que te odio! ¡No quiero volver a verte por aquí nunca más! ¡Eres un mentiroso y un impresentable! ¡Si te doy tanta pena, no te preocupes, ya no voy a ser una carga para tí nunca más!

-Pero, ¿qué...? No entiendo...
Su bella expresión se distorsionaba a causa de la ira.
-¿Acaso eres sordo? ¡He dicho que te vayas de mi casa! -gritó ella empujándolo.
Hiroshi perdió el equilibrio y dio varios pasos hacia atrás, acercándose a las escaleras.
-¡¡Hiro-chan...!!!
Inevitablemente rodó escaleras abajo. Se detuvo en el piso inferior, sin conocimiento. Las dos madres, que estaban en en salón presumiendo de sus nuevos modelos de ropa, acudieron al oír el estruendo.
-¿Pero qué estáis haciendo? ¡Creo que ya tenéis una edad para, por lo menos, no romperme la casa!- dijo la madre de Suzume abriendo la puerta que daba al hall. Al ver la escena dio un respingo y se quedó paralizada con la boca abierta.
-¿Qué ha pasado? Hiroshi, debes portarte bien en casa de otros... -dijo la otra madre, saliendo detrás de la primera.- ¡¡...Hiroshi...!! -Se agachó junto a él.- ¿Estás bien? ¡Dios mío! ¡No se mueve! ¡Llama a una ambulancia, rápido!- Y abrazando a su hijo rompió a llorar.

La otra mujer volvió rápidamente al salón a por el teléfono.-¡Voy!
Unos instantes después la llorosa madre levantó la cabeza, mirando hacia el piso superior-¿...Suzu-chan, qué ha ocurido...?
-Ha sido mi culpa... -murmuró ella desconsolada- yo le he empujado...
La mujer puso una expresión tensa y abrió los ojos de golpe. -Esto ahora no tiene sentido, ya me explicarás más tarde lo que ocurrió exactamente... Hiroshi...
Al poco rato llegó la ambulancia y se llevaron al joven. Un médico de urgencia que venía en ella habló con su madre: -No tiene por qué preocuparse, sólo ha perdido el conocimiento. Aparentemente no hay ningún hueso roto, por lo que creo que se trata de contusiones leves. De todos modos vamos a tenerlo algunos días en observación y le informaremos lo antes posible.

-Gracias, doctor, mil gracias. Si algo malo le ocurriera a mi hijo, yo no sé qué...- Suzume observaba todo desde el piso de arriba, apoyada en el pasamanos a un lado de la escalera. Oír a la madre decir aquello no hizo sino aumentar su sentimiento de culpabilidad. Finalmente la ambulancia partió, y la madre de Hiroshi cerró la puerta.
-Bien, ahora puedes explicarme lo ocurrido- dijo, mirando hacia arriba a la chica.
-Está bien... Es sólo que estaba enfadada con él, y le empujé sin pensar... -dijo con voz temblorosa, y sorbiendo por la nariz-. No quería que pasara algo como esto, ni siquiera había pensado que podría pasar...

-Ya veo, conque una discursión de novios...
Aunque ése no era exactamente el caso, la joven asintió. -Más o menos ha sido algo así.
-Comprendo. Ha sido un accidente, así que te perdono. Anda, ven aquí.
Suzume descendió lentamente por las escaleras y al llegar hasta ella estalló en llanto y la abrazó.
-Lo siento, de veras lo siento...
-Ssshhh... Ya te he dicho que te perdono...
Se hizo de noche, y la madre de Hiroshi se quedó a dormir en la casa. Suzume estaba perdida y desconsolada, y se fue a la cama sin cenar.

A la mañana siguiente se levantó y se dio una ducha como siempre, desayunó y partió hacia el colegio. Mientras comía su madre había apreciado claramente su cara triste, pero sólo pudo decir “no fue culpa tuya”.
Cuando llegaba a la entrada del instituto vio a un grupo de personas afuera reunidas. Eran sus antiguos compañeros de clase. -Sentimos lo ocurrido, pero no te preocupes, Hiroshi se despertó y ya está bien -dijo el delegado.- La madre de Midori-chan –hablaba de una compañera de clase- es enfermera y ayer estuvo con él.
Ella se sintió realmente aliviada al oír aquello, pero no pudo evitar lo que salió después de su boca:
-Podéis dejar ya de fingir; lo sé todo. Sólo habéis estado actuando como mis amigos porque os lo pidió Hiroshi, ya que mi vida lucía tan lamentable. Siento haberos causado tantos problemas, pero ya está todo bien. No tenéis que disimular más, sé que no encajo aquí. 
 
Cruzó la amplia puerta con paso decidido, dirigiéndose a su clase, cuando detrás de ella se oyó:
-¡Te equivocas! ¡Es cierto que Hiroshi nos lo pidió, pero cuando nos contó lo que te estaba pasando, decidimos ser tus amigos por nuestra cuenta...! ¡¡Porque te admiramos!! ¡Porque has tenido una vida tan dura, víctima de un destino que no elegiste, y aún así te has estado esforzando por tu cuenta, siempre sola!
Suzume se dio la vuelta tras oír aquellas palabras. -¿De verdad...? ¿No me estáis mintiendo...?
-De verdad- asintió el delegado. Los demás compañeros asintieron y exclamaron cosas como “¡pues claro que es verdad, tonta!”. Sintió un nudo en la garganta, y comenzó a verlo todo borroso. Estaba llorando. Estaba delante de todos, pero era superior a ella. Sus compañeros la rodearon y la abrazaron en una piña. Ella murmuraba “gracias”. Si uno se fijaba, se daría cuenta de que la clase ahora estaba mucho más unida a causa de ella.

El abrazo terminó, y el delegado habló de nuevo: -De hecho, te equivocas en casi todo: Hiroshi no siente pena por tí, sino admiración, y además está loco por tí.
Suzume tomó aire de repente, como si se fuera a ahogar. De pronto había recordado lo que le dijo Hiroshi nada más despertarse: “¡Te quiero más que a nada, y no te voy a dejar nunca!” Su semblante era ahora un río de emociones indescriptible. En un instante se decidió y echó a correr con todas sus fuerzas.
-¡Gracias a todos, amigos! ¡Tengo que ir al hospital!
El grupo la saludó con las manos y coreó estruendosamente: “¡¡Ánimo, Suzu-chan, dale un buen beso!!” 
<<No puedo creer que lo tuvieran ensayado>>, pensó, sonriendo y saludándoles con la mano. 
 
Cogió el primer taxi que pudo y se dirigió hacia allí. Cuando llegó se bajó del coche con prisa, y le pagó con un billete al taxista. -¡Puede quedarse con el cambio!
Corrió hasta la entrada y llegó a información jadeando ruidosamente, ya que todavía estaba algo débil tras el coma. Preguntó por la habitación en que se encontraba y fue al ascensor. Había mucha gente esperando, y tardaba en llegar. No podía soportar la impaciencia, y subió corriendo por las escaleras hasta el tercer piso. Llegó a la puerta: cuarto 307. Dudó por un instante, mientras su corazón palpitaba de cansancio y nerviosismo,y finalmente entró.

Allí estaba Hiroshi, con una enfermera que le cuidaba. Tenía un vendaje en la cabeza y otro en el pecho. Suzume habló con la enfermera: -¿Como se encuentra Hiroshi?
-No hay que preocuparse, sólo tiene una leve contusión en la cabeza y un par de costillas rotas. En un tiempo sanará. Estamos muestreando sus constantes vitales en el monitor, sólo por precaución.
-Gracias por su esfuerzo cuidándole. Esto... ¿podría dejarnos un momento a solas?
-Claro, no hay problema.- La enfermera salió y cerró la puerta de la habitación. Suzume se acercó a la camilla. Junto a ella estaba el monitor, emitiendo un “bip” regularmente.

-Hola, Suzu-chan -dijo él con una mirada amarga- creí que no vendrías a verme. No sé qué te hice, pero lo siento.
Suzume se abalanzó llorando sobre él. -¡¡Hiroshi...!
-¡Cuidado, que tengo costillas rotas!
-¡Ah, perdona...! … Lo siento tanto... Todo es mi culpa... indagué en tu correo sin permiso, y vi los mensajes que has estado enviando a los compañeros...
-De modo que lo sabes. Por eso te enfadaste. Lamento que te sentara mal, no sabía qué más hacer.
-No te disculpes, tú no has hecho nada mal. He sido yo la que ha desconfiado de tí. Lo siento de verdad...- Las lágrimas le estaban mojando el pijama. 
 
-Está bien, lo entiendo. Te perdono, no llores más...
Suzume se irguió y se limpió los ojos con las manos,pero estaba desconsolada. No podía dejar de llorar. Pero Hiroshi conocía una rápida solucón para aliviarla de sus preocupaciones:
-¡Excursionista perdido en las...!
-¡Te atrapé!- Suzume cogió la mano de Hiroshi y la apretó contra su pecho. Hiroshi se quedó muy sorprendido, y acto seguido su rostro se tiñó de un rojo amapola, al mismo tiempo que se apresuraban sus latidos en el monitor. Al oírlo, ella mostró una sonrisa traviesa que Hiroshi nunca había visto antes. Era tan atractiva que se le aceleró el corazón, y el monitor empezó a sonar aún más rápido.
Suzume lo miró fijamente a los ojos. -Te quiero, mi pequeño demonio. No me dejes nunca.- Se inclinó y le dio un apasionado beso en la boca. El monitor se disparó.

FIN 

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